Viernes 4 de diciembre | Escuela Sabática Pr. Alex Ceballos

Audio: Alex Ceballos
Imágenes: Katherine Correa

Hay dos razones por las que la ciencia, que en tantos aspectos es buena, tiene una idea tan errada de los orígenes: en primer lugar, la ciencia, que estudia el mundo natural, debe buscar respuestas en el mundo natural; en segundo lugar, la ciencia supone que las leyes de la naturaleza deben permanecer constantes. Sin embargo, ambas ideas están equivocadas cuando se trata de los orígenes.

Tomemos la primera, que requiere causas naturales para acontecimientos naturales. Eso está bien para el seguimiento de huracanes, pero es totalmente inútil para los orígenes, que comienzan con: “En el principio creó Dios los cielos y la tierra” (Gén. 1:1). ¿Qué puede enseñarnos la ciencia –que niega lo sobrenatural en los orígenes– sobre los orígenes, que fueron totalmente sobrenaturales?¿Y la constancia de la naturaleza? Esto parece tener sentido, excepto que Romanos 5:12 (“Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron”) supone un entorno natural discontinuo y cualitativamente diferente de cualquier cosa que la ciencia ahora aborde. Un mundo en el que la muerte no existía es radicalmente diferente de cualquier cosa que podamos estudiar hoy; y asumir que eran muy similares, cuando no es así, también conducirá al error. Por lo tanto, la ciencia se equivoca con los orígenes porque niega dos aspectos cruciales de la Creación: la fuerza sobrenatural detrás de ella y la discontinuidad física radical entre la Creación original y lo que tenemos ante nosotros ahora.



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