Notas de Elena | Sábado 4 de julio del 2020 | El poder del testimonio personal | Escuela Sabática

Sábado 4 de julio
El apóstol San Juan pasó sus primeros años en compañía de los incultos pescadores de Galilea. No gozaba de la educación que proporcionaban los colegios; pero por medio de su asociación con Cristo, el gran Maestro, obtuvo la más alta educación que el hombre mortal puede recibir. Bebía ávidamente de la fuente de sabiduría, y luego trataba de guiar a otros a esa “fuente de agua” que salta “para vida eterna”. Juan 4:14. La sencillez de sus palabras, el sublime poder de las verdades que pronunciaba, y el fervor espiritual que caracterizaba sus enseñanzas, le dieron acceso a todas las clases sociales. Sin embargo, aun los creyentes eran incapaces de comprender plenamente los sagrados misterios de la verdad divina expuestos en sus discursos. Él parecía estar constantemente imbuido del Espíritu Santo. Trataba de conseguir que los pensamientos de la gente captaran lo invisible. La sabiduría con la cual hablaba hacía que sus palabras destilasen como el rocío, enterneciendo y subyugando el alma (La edificación del carácter, p. 59).
Estamos muy rezagados en comparación con el punto donde debiéramos estar en la experiencia cristiana. Estamos rezagados en cuanto a dar el testimonio que debiera ser dado por labios santificados. Aun cuando estaba sentado en la mesa, Cristo enseñaba verdades que infundían consuelo y valor al corazón de sus oyentes. Cuando su amor habite en el alma como un principio vivo, brotarán del tesoro del corazón palabras adecuadas a la ocasión, no palabras livianas ni triviales, sino elevadoras, palabras de poder espiritual (Consejos para los maestros, p. 539).
Aquel cuyo corazón está resuelto a servir a Dios encontrará oportunidades para testificar en su favor. Las dificultades serán impotentes para detener al que esté resuelto a buscar primero el reino de Dios y su justicia. Por el poder adquirido en la oración y el estudio de la Palabra, buscará la virtud y abandonará el vicio. Mirando a Jesús, el autor y consumador de la fe, quien soportó la contradicción de los pecadores contra sí mismo, el creyente afrontará voluntariamente y con valor el desprecio y el escarnio. Aquel cuya palabra es verdad promete ayuda y gracia suficientes para toda circunstancia. Sus brazos eternos rodean al alma que se vuelve a él en busca de ayuda. Podemos reposar confiadamente en su solicitud, diciendo: “En el día que temo, yo en ti confío”. Salmo 56:3. Dios cumplirá su promesa con todo aquel que deposite su confianza en él (Los hechos de los apóstoles, pp. 372, 373).
Todos los verdaderos hijos de Dios revelarán al mundo su unión con Cristo y sus hermanos. Aquellos en cuyos corazones mora Cristo, llevarán el fruto del amor fraternal. Comprenderán que como miembros de la familia de Dios están señalados para cultivar, fomentar y perpetuar el amor y la amistad cristianos, en espíritu, palabras y acción…
La evidencia más poderosa que puede dar un hombre de que ha nacido de nuevo y que es un nuevo hombre en Cristo, es la manifestación de su amor hacia sus hermanos, el hacer las obras de Cristo. Este es el testimonio más maravilloso que se puede aportar en favor del cristianismo, y que conducirá a las almas a la verdad (Hijos e hijas de Dios, p. 295).
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NOTAS DE ELENA G. DE WHITE
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