Notas de Elena | Sábado 14 de agosto del 2021 | Libres para descansar | Escuela Sabática

Sábado 14 de agosto
Ya no trazamos un camino, ni procuramos hacer que el Señor cumpla nuestros deseos. Si la vida de los enfermos puede glorificarlo, oramos que vivan, pero no que se haga como nosotros queremos, sino como él quiere. Nuestra fe puede ser muy firme e implícita si rendimos nuestro deseo al Dios omnisapiente, y, sin ansiedad febril, con perfecta confianza, se lo consagramos todo a él. Tenemos la promesa. Sabemos que él nos oye si pedimos de acuerdo con su voluntad. Nuestras peticiones no deben cobrar forma de órdenes, sino de una intercesión para que él haga las cosas que deseamos que haga. Cuando la iglesia esté unida, tendrá fuerza y poder; pero cuando parte de sus miembros están unidos al mundo, y muchos están entregados a la avaricia, que Dios aborrece, poco puede hacer el Señor por ella. La incredulidad y el pecado nos apartan de Dios. Somos tan débiles que no podemos soportar mucha prosperidad espiritual; corremos el riesgo de atribuimos la gloria y de considerar que nuestra bondad y justicia son los motivos de la señalada bendición de Dios, cuando todo se debe a la gran misericordia y al amor de nuestro compasivo Padre celestial, y no a cosa buena alguna que haya en nosotros (Testimonios para la iglesia, t. 2, p. 135).
Al orar por los enfermos, debe recordarse que “qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos”. Romanos 8:26. No sabemos si la bendición que deseamos será lo mejor o no. Por lo tanto, nuestras oraciones deben incluir este pensamiento: “Señor, tú conoces todo secreto del alma. Tú conoces a estas personas. Jesús, su Abogado, dio su vida por ellas. Su amor por ellas es mayor que el que podemos tenerles. Por lo tanto, si es para gloria tuya y para bien de los afligidos, pedimos, en el nombre de Jesús, que les sea devuelta la salud. Si no es tu voluntad que les sea devuelta, pedimos que tu gracia las consuele y tu presencia las sostenga en sus sufrimientos”.
Dios conoce el fin desde el principio. Conoce el corazón de todos los hombres. Lee todo secreto del alma. El sabe si, en caso de serles concedida la vida, podrían o no soportar las pruebas que les sobrevendrían a aquellos para quienes se ora. Él sabe si su vida sería una bendición o una maldición para ellos mismos y el mundo. Esta es una de las razones porque, aunque presentemos nuestras peticiones con fervor, debamos decir: “Empero no se haga mi voluntad, sino la tuya”. Lucas 22:42. Jesús añadió estas palabras de sumisión a la sabiduría y voluntad de Dios cuando estaba en el huerto de Getsemaní y rogaba: “Padre mío, si es posible, pase de mí este vaso”. Mateo 26:39. Y si eran apropiadas para él, el Hijo de Dios, ¡cuánto más han de convenir a los labios de los finitos y errantes mortales! (Obreros evangélicos, pp. 229, 230).
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