Notas de Elena | Miércoles 6 de enero del 2021 | Comisión real (Is. 6:8) | Escuela Sabática

Miércoles 6 de enero: Comisión real (Is. 6:8)
Se le acercó un serafín con el fin de hacerle idóneo para su gran misión. Un carbón ardiente del altar tocó sus labios… Y cuando se oyó la voz de Dios que decía: “¿A quién enviaré, y quién nos irá?” Isaías respondió con plena confianza: “Heme aquí, envíame a mí” (Isaías 6:7, 8).
¿Qué importaba que las potencias terrenales estuviesen desplegadas contra Judá? que en su misión Isaías tuviese que hacer frente a la oposición y resistencia? Había visto al Rey, el Señor de los ejércitos; había oído el canto de los serafines: “Toda la tierra está llena de su gloria”, y el profeta había sido fortalecido para la obra que tenía delante de sí. Llevó consigo a través de toda su larga y ardua misión el recuerdo de esta visión (Testimonios para la iglesia, t. 5, p. 701).
Con gracia en el corazón los creyentes deben hacer las obras de Cristo, colocándose de su lado con alma, cuerpo y espíritu, como su mano humana, al compartir su amor con los que están fuera del redil. Los creyentes deben unirse en una comunidad cristiana, considerándose entre ellos como hermanos y hermanas en el Señor. Deben amarse mutuamente como Cristo los amó. Deben ser luces para Dios, que brillen en la iglesia y en el mundo, recibiendo gracia tras gracia al impartirla a los demás. De este modo son guardados constantemente en cercanía espiritual a Dios. Reflejan la imagen de Cristo (El ministerio médico, p. 421).
Nuestra confesión de su fidelidad es el factor escogido por el Cielo para revelar a Cristo al mundo. Debemos reconocer su gracia como fue dada a conocer por los santos de antaño; pero lo que será más eficaz es el testimonio de nuestra propia experiencia. Somos testigos de Dios mientras revelamos en nosotros mismos la obra de un poder divino. Cada persona tiene una vida distinta de todas las demás y una experiencia que difiere esencialmente de la suya. Dios desea que nuestra alabanza ascienda a él señalada por nuestra propia individualidad. Estos preciosos reconocimientos para alabanza de la gloria de su gracia, cuan-do son apoyados por una vida semejante a la de Cristo, tienen un poder irresistible que obra para la salvación de las almas.
Para nuestro propio beneficio, debemos refrescar en nuestra mente todo don de Dios. Así se fortalece la fe para pedir y recibir siempre más. Hay para nosotros mayor estímulo en la menor bendición que recibimos de Dios, que en todos los relatos que podamos leer acerca de la fe y experiencia ajenas. El alma que responda a la gracia de Dios será como un jardín regado. Su salud brotará raudamente; su luz nacerá en la obscuridad, y la gloria de Dios la acompañará (El ministerio de curación, pp. 67, 68).
Con la fe confiada de un niñito, hemos de acudir a nuestro Padre celestial, contándole todas nuestras necesidades. Siempre está listo para perdonamos y ayudarnos. La fuente de sabiduría divina es inagotable, y el Señor nos anima a sacar abundantemente de ella. El anhelo que podríamos tener de bendiciones espirituales se describe en estas palabras: “Como el ciervo brama por las corrientes de las aguas, así clama por ti, oh Dios, el alma mía”. Necesitamos una profunda hambre espiritual por los ricos dones que el cielo puede concedernos. Debemos tener hambre y sed de justiciar (Hijos e hijas de Dios, p. 123).
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NOTAS DE ELENA G. DE WHITE
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