Notas de Elena | Miércoles 21 de septiembre del 2022 | El Dios crucificado | Escuela Sabática

Miércoles 21 de septiembre: El Dios crucificado
Al entregar su preciosa vida, Cristo no fue sostenido por un gozo triunfante. Todo era lobreguez opresiva. No era el temor de la muerte lo que le agobiaba. No era el dolor ni la ignominia de la cruz lo que le causaba agonía inefable. Cristo era el príncipe de los dolientes. Pero su sufrimiento provenía del sentimiento de la malignidad del pecado, del conocimiento de que por la familiaridad con el mal, el hombre se había vuelto ciego a su enormidad. Cristo vio cuán terrible es el dominio del pecado sobre el corazón humano, y cuán pocos estarían dispuestos a desligarse de su poder. Sabía que sin la ayuda de Dios la humanidad tendría que perecer, y vio a las multitudes perecer teniendo a su alcance ayuda abundante (El Deseado de todas las gentes, pp. 700, 701).
Cuando Jesús, pendiente de la cruz, exclamó: “Consumado es”, el velo del templo se partió en dos de arriba abajo, para indicar que Dios ya no atendería a los sacerdotes en el templo, ni aceptaría sus sacrificios y ritos, y también para demostrar que el muro de separación entre los judíos y los gentiles se había derribado. Jesús se había ofrecido como sacrificio en favor de ambos grupos, y si se habían de salvar, ambos debían creer en él como la única ofrenda por el pecado, el Salvador del mundo.
Cuando el soldado atravesó con la lanza el costado de Jesús mientras pendía de la cruz, salieron dos raudales distintos: uno de sangre, y el otro de agua. La sangre era para lavar los pecados de aquellos que creyesen en su nombre, y el agua había de representar aquella agua viva que se obtiene de Jesús para dar vida al creyente (Primeros escritos, p. 209).
Vi a Cristo en medio de un gran concurso de gente. Procuraba grabar sus enseñanzas en las mentes. Pero era menospreciado y rechazado. Los hombres le abrumaban de injurias e ignominia. Este espectáculo me produjo gran angustia…
Luego vi la agonía de Cristo en el huerto de Getsemaní, cuando la copa misteriosa temblaba en la mano del Redentor. Rogó: “Padre mío, si es posible, pase de mí este vaso; empero no como yo quiero, sino como tú”. Mateo 26: 39. Mientras suplicaba a su Padre, grandes gotas de sangre rodaban por su cara y caían en el suelo. Las potestades de las tinieblas se congregaban alrededor de él para desanimarlo…
¡Cuán pocos hay que se den cuenta de que todo eso ha sido sobrellevado para ellos personalmente! ¡Cuán pocos razonan de esta manera: “Esto fue hecho por mí, a fin de que yo pueda formar un carácter digno de la vida eterna”!
Mientras estas cosas me eran presentadas de una manera tan vivida, me decía a mí misma: “Nunca podré exponer este asunto tal como es”; y solo os he dado una débil descripción de lo que se me permitió ver. Al pensar en la copa que tembló en la mano del Salvador; al comprender que hubiese podido negarse a bebería y dejar al mundo perecer en su pecado, hice la decisión de consagrar todas las energías de mi ser a ganar almas para él {Testimonios para la iglesia, t. 9, pp. 83, 84).
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