Notas de Elena | Miércoles 11 de mayo del 2022 | El hijo de la promesa | Escuela Sabática

Miércoles 11 de mayo: El hijo de la promesa
En todos los tiempos Dios se valió de santos ángeles para socorrer y librar a su pueblo. Los seres celestiales tomaron parte activa en los asuntos de los hombres. Aparecieron con vestiduras que relucían como el rayo; vinieron como hombres en traje de caminantes. Hubo casos en que aparecieron ángeles en forma humana a los siervos de Dios. Descansaron bajo los robles al mediodía como si hubiesen estado cansados. Aceptaron la hospitalidad en hogares humanos. Sirvieron de guías a viajeros extraviados. Con sus propias manos encendieron los fuegos del altar. Abrieron las puertas de las cárceles y libertaron a los siervos del Señor. Vestidos de la armadura celestial, vinieron para quitar la piedra de sepulcro del Salvador.
A menudo suele haber ángeles en forma humana en las asambleas de los justos, y visitan también las de los impíos, corno lo hicieron en Sodoma para tomar nota de sus actos y para determinar si excedieron los límites de la paciencia de Dios. El Señor se complace en la misericordia; así que por causa de los pocos que le sirven verdaderamente, mitiga las calamidades y prolonga el estado de tranquilidad de las multitudes {El conflicto de los siglos, pp. 614, 615).
El privilegio concedido a Abraham y a Lot no se nos niega. Cuando mostramos hospitalidad a los hijos de Dios, también nosotros podemos recibir a seres celestiales en nuestras moradas. Aun en la actualidad los ángeles entran en forma humana en los hogares de la gente, y son agasajados. Los cristianos que viven a la luz del rostro de Dios están siempre acompañados por ángeles invisibles, y estos seres santos dejan tras sí una bendición en nuestros hogares {Testimonios para la iglesia, t. 6, p. 344).
Cristo le dice a su pueblo redimido: “Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo.
Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis; estuve desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí” (Matthew 25:34-36).
Las oraciones, la exhortación y la conversación son frutos de poco precio… pero los frutos que se manifiestan en buenas obras, en cuidar de los necesitados, los huérfanos, las viudas, son los verdaderos y los produce naturalmente un buen árbol.
Cuando los corazones simpatizan con otros corazones agobiados por el desánimo y el pesar, cuando la mano se extiende para ayudar al necesitado, cuando se viste a los desnudos, y el forastero recibe la bienvenida a vuestra casa y a vuestro corazón, los ángeles llegan muy cerca, y semejante acción halla respuesta en el cielo. Todo acto de justicia, misericordia y benevolencia, produce melodía en el cielo…
Cada acto de misericordia realizado con los necesitados, los que sufren, se considera hecho a Jesús mismo. Cuando socorréis a los pobres, simpatizáis con los afligidos y oprimidos y ayudáis a los huérfanos, os ponéis en una relación más estrecha con Jesús (That 1 May Know Him, p. 335; parcialmente en A fin de conocerle, p. 334 y en Servicio cristiano, p. 234).
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NOTAS DE ELENA G. DE WHITE
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