Notas de Elena | Martes 21 de diciembre del 2021 | La muerte de Moisés | Escuela Sabática

Martes 21 de diciembre: La muerte de Moisés
El Señor anunció a Moisés que se acercaba el tiempo señalado para que Israel tomara posesión de Canaán; y mientras el anciano profeta se hallaba en las alturas que dominaban el río Jordán y la tierra prometida, miró con profundo interés la herencia de su pueblo. ¿No podría revocarse la sentencia pronunciada contra él a causa de su pecado en Cades? Con hondo fervor imploró: “Señor Jehová, tú has comenzado a mostrar a tu siervo tu grandeza, y tu mano fuerte; porque ¿qué dios hay en el cielo ni en la tierra que haga según tus obras, y según tus valentías? Pase yo, ruégote, y vea aquella tierra buena, que está a la parte allá del Jordán, aquel buen monte, y el Líbano”. Deuteronomio 3:24, 25.
La contestación que recibió fue: “Bástate; no me hables más de este negocio. Sube a la cumbre del Pisga, y alza tus ojos al occidente, y al aquilón, y al mediodía, y al oriente, y ve por tus ojos: porque no pasarás este Jordán”. Vers. 26,27 (Historia de los patriarcas y profetas, p. 494).
Dios no quiso que nadie subiera con Moisés a la cumbre del Pisga. Allí este se mantuvo de pie, sobre la elevada prominencia de la cumbre de ese monte, en la presencia de Dios y de los ángeles celestiales. Después de haber contemplado Canaán a su satisfacción, se reclinó a descansar como un guerrero fatigado. Lo asaltó el sueño, pero era el sueño de la muerte. Los ángeles tomaron su cuerpo y lo sepultaron en el valle. Los israelitas nunca pudieron encontrar el lugar donde fue sepultado. Ese funeral, celebrado en secreto, tenía como propósito evitar que la gente pecara contra el Señor cometiendo idolatría con su cuerpo.
Satanás se alegró muchísimo de haber conseguido éxito al lograr que Moisés pecara contra Dios. Por causa de esa transgresión cayó bajo el dominio de la muerte. Si hubiera seguido siendo fiel, y su vida no hubiera sido malograda por esa única transgresión, al no dar gloria a Dios cuando salió agua de la roca, podría haber entrado en la tierra prometida y haber sido trasladado al cielo sin pasar por la muerte (La historia de la redención, p. 177).
Cristo se identificó con los seres humanos, para que estos pudieran ser uno en Espíritu y vida con él. En virtud de esta unión en obediencia a la Palabra de Dios, su vida llega a ser la vida de ellos. Cristo dice al penitente: “Yo soy la resurrección y la vida”. Para Cristo la muerte es un sueño: silencio, tinieblas, sueño. Se refiere a ella como si fuera un breve momento. “Todo aquel que vive y cree en mí —dice— no morirá eternamente”… Y para el creyente la muerte es asunto de poca importancia. Para él la muerte no es nada más que un sueño.
El mismo poder que resucitó a Cristo de los muertos resucitará a su iglesia, y la glorificará con Cristo como esposa suya, por encima de todos los principados y potestades, por encima de todo nombre, no solo de este mundo, sino de los atrios celestiales, o sea, del mundo superior. La victoria de los santos que duermen será gloriosa en la mañana de la resurrección (Mi vida hoy, p. 304).
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NOTAS DE ELENA G. DE WHITE
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