Notas de Elena | Lunes 3 de agosto del 2020 | Dios: el dador de toda buena dádiva | Escuela Sabática

Lunes 3 de agosto: Dios: el dador de toda buena dádiva
Dios quiere que usted sea suya. Ha bendecido su vida con salud y talentos, con la capacidad de razonar para que, si así lo desea, pueda aumentarla grandemente o, mediante el abuso, someter esas facultades de la mente al control de Satanás. Usted es responsable por las habilidades que Dios le ha concedido. Puede prepararse, al sacar el mayor provecho posible de sus privilegios, para ocupar un puesto de utilidad en el cumplimiento del deber. No necesita aspirar al desempeño de una tarea grande ni a cosas grandes; por el contrario, puede hacer su trabajo, por humilde que sea, asumiendo la responsabilidad de hacer esa tarea de manera que Dios la pueda aceptar. Y si usted hace bien esa tarea humilde, el Señor le confiará una mayor…
Recuerde que Dios puede emplear a todos sus hijos si están dispuestos a entregarse a él. Tiene un lugar y una tarea para cada cual. Hay muchos, entre los cuales se encuentra usted, que no creen que sea posible que Dios los pueda usar. No piense más en ello. Usted puede hacer su humilde tarea de tal manera que glorifique a Dios (Cada día con Dios, p. 241).
Cuando Cristo se arrodilló en las riberas del Jordán después de su bautismo, los cielos se abrieron, y el Espíritu descendió en forma de paloma, y como oro bruñido lo circundó con su gloria; y se oyó la voz de Dios que decía desde el cielo: “Este es mi hijo amado, en el cual tengo contentamiento”. Mateo 3:17. La oración de Cristo en favor del hombre abrió los portales del cielo, y el Padre respondió, aceptando la petición elevada en beneficio de la raza caída. Jesús oró como sustituto y garantía nuestros, y ahora la raza humana tiene acceso al Padre por los méritos de su amado Hijo… Se cortaron las comunicaciones entre el hombre y su Hacedor; pero queda abierto el camino para que aquel pueda volver a la casa paterna… Las puertas de los cielos han quedado abiertas de par en par, y el resplandor del trono de Dios irradia hasta los corazones de los hombres que lo aman, aun cuando estos moren en la tierra maldecida por el pecado. La luz que circundaba al divino Hijo de Dios iluminará el sendero de todos los que sigan sus pisadas (Mi vida hoy, p. 268).
Cristo ha prometido el don del Espíritu Santo a su iglesia, y la promesa nos pertenece a nosotros tanto como a los primeros discípulos.
Debiéramos orar tan fervientemente por el descenso del Espíritu Santo como los discípulos oraron en el Día de Pentecostés. Si ellos lo necesitaban en aquel entonces, nosotros lo necesitamos más hoy en día.
La medida que recibamos del Espíritu Santo será proporcional a la medida de nuestro deseo y de nuestra fe y del uso que haremos de la luz y conocimiento que se nos ha dado…
El Espíritu Santo imparte amor, gozo, paz, fortaleza y consuelo; es un manantial de agua que salta para vida eterna. Y la bendición es gratuita (The Faith 1 Live By, p. 53; parcialmente en La fe por la cual vivo, p. 55).
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NOTAS DE ELENA G. DE WHITE
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