Notas de Elena | Lunes 21 de noviembre del 2022 | “Hoy… conmigo en el paraíso” | Escuela Sabática

Lunes 21 de noviembre: “Hoy… conmigo en el paraíso”
Mientras pendía de la cruz, subía hacia él el ruido de las burlas y maldiciones. Con corazón anhelante, había escuchado para oír alguna expresión de fe de parte de sus discípulos. Había oído solamente las tristes palabras: “Esperábamos que él era el que había de redimir a Israel”. ¡Cuánto agradecimiento sintió entonces el Salvador por la expresión de fe y amor que oyó del ladrón moribundo! Mientras los dirigentes judíos le negaban y hasta sus discípulos dudaban de su divinidad, el pobre ladrón, en el umbral de la eternidad, llamó a Jesús, Señor. Muchos estaban dispuestos a llamarle Señor cuando realizaba milagros y después que hubo resucitado de la tumba; pero mientras pendía moribundo de la cruz, nadie le reconoció sino el ladrón arrepentido que se salvó a la undécima hora…
De cierto te digo hoy: estarás conmigo en el paraíso. Cristo no prometió que el ladrón estaría en el paraíso ese día. Él mismo no fue ese día al paraíso. Durmió en la tumba, y en la mañana de la resurrección dijo: “Aun no he subido a mi Padre”. Juan 20:17. Pero en el día de la crucifixión, el día de la derrota y tinieblas aparentes, formuló la promesa. “Hoy”; mientras moría en la cruz como malhechor, Cristo aseguró al pobre pecador: “Estarás conmigo en el paraíso” (El Deseado de todas las gentes, pp. 698, 699).
Jesús le dijo a María: “No me toques, porque aún no he subido a mi Padre”. Cuando cerró los ojos al morir en la cruz, el alma de Cristo no fue inmediatamente al cielo, como muchos creen. O [de otra manera] ¿cómo podrían ser ciertas sus palabras: “Aún no he subido a mi Padre”? El espíritu de Jesús durmió en la tumba con su cuerpo, y no se fue volando al cielo para existir allí por separado y contemplar a los apesadumbrados discípulos que ungían el cuerpo del cual había volado. Todo lo que comprendía la vida y la inteligencia de Jesús permaneció con su cuerpo en el sepulcro, y cuando salió era un ser completo. No tuvo que llamar a su espíritu para que viniera del cielo. Tenía poder para poner su vida, y para volverla a tomar (Comentarios de Elena G. de White en Comentario bíblico adventista, t. 5, p. 1124).
El misericordioso Salvador permanece precisamente a vuestro lado para ayudaros. Desea enviar cada ángel de gloria mientras lucháis para vencer el pecado, de modo que Satanás no pueda tener la victoria sobre vosotros. Cristo… tomó sobre sí mismo la naturaleza humana a fin de poder venir al hombre en la misma tentación donde el hombre esté atribulado. El tierno Redentor conoce exactamente cómo ayudarnos en cada uno de nuestros esfuerzos (In Heavenly Places, p. 263; parcialmente en En los lugares celestiales, p. 265).
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NOTAS DE ELENA G. DE WHITE
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