Notas de Elena | Lunes 15 de agosto del 2022 | En el nombre de Jesús | Escuela Sabática

Lunes 15 de agosto: En el nombre de Jesús
Si algo pidiereis en ni i nombre, yo lo haré Juan 14:14…
«En mi nombre», ordenó Cristo a sus discípulos que orasen. En el nombre de Cristo han de permanecer siguiéndole delante de Dios. Por el valor del sacrificio hecho por ellos, son estimables a los ojos del Señor. A causa de la imputada justicia de Cristo, son tenidos por preciosos. Por causa de Cristo, el Señor perdona a los que le temen. No ve en ellos la vileza del pecador. Reconoce en ellos la semejanza de su Hijo en quien creen.
El Señor se chasquea cuando su pueblo se tiene en estima demasiado baja. Desea que su heredad escogida se estime según el valor que él le ha atribuido. Dios la quería; de lo contrario no hubiera mandado a su Hijo a una empresa tan costosa para redimirla. Tiene empleo para ella y le agrada cuando le dirige las más elevadas demandas a fin de glorificar su nombre. Puede esperar grandes cosas si tiene fe en sus promesas (El Deseado de todas las gentes, p. 621).
El hablar de religión de una manera casual, el orar sin hambre del alma ni fe viva, no vale nada. Una fe nominal en Cristo, que lo acepta meramente como Salvador del mundo, no podrá nunca reportar sanidad al alma. La fe que salva no es un mero reconocimiento intelectual de la verdad. Aquel que aguarda hasta tener conocimiento completo antes de querer ejercer fe, no puede recibir la bendición de Dios.
No es suficiente creer acerca de Cristo; tenemos que creer en él. La única fe que nos beneficiará es la que lo acepta como Salvador personal; la que se apropia de sus méritos para nosotros mismos. Muchos estiman la fe como una opinión. Pero la fe salvadora es una transacción, por la cual aquellos que reciben a Cristo se unen a Dios por un pacto. La fe verdadera es vida. Una fe viva significa un aumento de vigor, una confianza implícita, por la cual el alma llega a ser una fuerza vencedora (Obreros evangélicos, pp. 274, 275).
[Los discípulos] se reunieron para presentar sus pedidos al Padre en el nombre de Jesús. Sabían que tenían un Representante en el cielo, un Abogado ante el trono de Dios. Con solemne temor reverente se postraron en oración, repitiendo las palabras impregnadas de seguridad: «Todo cuanto pidiereis al Padre en mi nombre, os lo dará. Hasta ahora nada habéis pedido en mi nombre: pedid y recibiréis, para que vuestro gozo sea cumplido». Juan 16:23, 24. Extendían más y más la mano de la fe, con el poderoso argumento: «Cristo es el que murió; más aún, el que también resucitó, quien además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros». Romanos 8:34.
Mientras los discípulos esperaban el cumplimiento de la promesa, humillaron sus corazones con verdadero arrepentimiento, y confesaron su incredulidad. Al recordar las palabras que Cristo les había habla-do antes de su muerte, entendieron más plenamente su significado… Cuando meditaban en su vida pura y santa, sentían que no habría trabajo demasiado duro, ni sacrificio demasiado grande, si tan solo pudiesen ellos atestiguar con su vida la belleza del carácter de Cristo (Los hechos de los apóstoles, pp. 29, 30).
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