Notas de Elena | Lunes 1 de junio del 2020 | Isaías, Ezequías y Senaquerib | Escuela Sabática

Lunes 1 de junio: Isaías, Ezequías y Senaquerib
La tierra de Judá había sido asolada por el ejército ocupante; pero Dios había prometido atender milagrosamente las necesidades del pueblo… “Por tanto, Jehová dice así del rey de Asiria: …Yo ampararé a esta ciudad para salvarla, por amor de mí, y por amor de David mi siervo”… Esa misma noche se produjo la liberación. “Salió el ángel de Jehová, e hirió en el campo de los Asirios ciento ochenta y cinco mil”… todo valiente y esforzado, y a los jefes y capitanes en el campo del rey de Asiria”. 2 Reyes 19:35; 2 Crónicas 32:21.
Pronto llegaron a Senaquerib, que estaba todavía guardando el camino de Judea a Egipto, las noticias referentes a ese terrible castigo del ejército que había sido enviado a tomar Jerusalén. Sobrecogido de temor, el rey asirio apresuró su partida, y “volvióse por tanto con vergüenza de rostro a su tierra”. Pero no iba a reinar mucho más tiempo. De acuerdo con la profecía que había sido pronunciada acerca de su fin repentino, fue asesinado por los de su propia casa…
El Dios de los hebreos había prevalecido contra el orgulloso asirio. El honor de Jehová había quedado vindicado en ojos de las naciones circundantes. En Jerusalén el corazón del pueblo se llenó de santo gozo. Sus fervorosas súplicas por liberación habían sido acompañadas de la confesión de sus pecados y de muchas lágrimas. En su gran necesidad, habían confiado plenamente en el poder de Dios para salvarlos, y él no los había abandonado. Repercutieron entonces en los atrios del templo cantos de solemne alabanza —Profetas y reyes, pp. 266, 267.
No es la voluntad de Dios que su pueblo esté abrumado por el peso de la congoja. Pero tampoco nos engaña. No nos dice: “No temáis; no hay peligros en vuestro camino”. Él sabe que hay pruebas y peligros, y nos trata con franqueza. No se propone sacar a su pueblo de en medio de este mundo de pecado y maldad, pero le ofrece un refugio que nunca falla. Su oración por sus discípulos fue: “No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal”. “En el mundo —dice— tendréis tribulación; pero tened buen ánimo; yo he vencido al mundo”. Juan 17:15; 16:33 —El camino a Cristo, pp. 122, 123.
A menudo la vida cristiana está acosada de peligros, y se hace difícil cumplir el deber. La imaginación concibe la ruina inminente delante, y la esclavitud o la muerte detrás. No obstante, la voz de Dios dice claramente: “Avanza”. Debemos obedecer este mandato, aunque nuestros ojos no puedan penetrar las tinieblas, y aunque sintamos las olas frías a nuestros pies. Los obstáculos que impiden nuestro progreso no desaparecerán jamás ante un espíritu que se detiene y duda. Los que postergan la obediencia hasta que toda sombra de incertidumbre desaparezca y no haya ningún riesgo de fracaso o derrota no obedecerán nunca. La incredulidad nos susurra: “Esperemos que se quiten los obstáculos y podamos ver claramente nuestro camino;” pero la fe nos impele valientemente a avanzar esperándolo todo y creyéndolo todo —Historia de los patriarcas y profetas, p. 295.
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