Notas de Elena | Lección 3 | Vida y muerte | Escuela Sabática Semanal

Sábado de tarde, 10 de enero
Vida y muerte
La única salvaguardia contra el mal consiste en que mediante la fe en su justicia Cristo more en el corazón. La tentación tiene poder sobre nosotros porque existe egoísmo en nuestros corazones. Pero cuando contemplamos el gran amor de Dios, vemos el egoísmo en su carácter horrible y repugnante, y deseamos que sea expulsado del alma. A medida que el Espíritu Santo glorifica a Cristo, nuestro corazón se ablanda y se somete, la tentación pierde su poder y la gracia de Cristo transforma el carácter.
Cristo no abandonará al alma por la cual murió. Ella puede dejarlo a él y ser vencida por la tentación; pero nunca puede apartarse Cristo de uno a quien compró con su propia vida. Si pudiera agudizarse nuestra visión espiritual, veríamos almas oprimidas y sobrecargadas de tristeza, a punto de morir de desaliento. Veríamos ángeles volando rápidamente para socorrer a estos tentados, quienes se hallan como al borde de un precipicio. Los ángeles del cielo rechazan las huestes del mal que rodean a estas almas, y las guían hasta que pisen un fundamento seguro. Las batallas entre los dos ejércitos son tan reales como las que sostienen los ejércitos del mundo, y del resultado del conflicto espiritual dependen los destinos eternos.
A nosotros, como a Pedro, se nos dice: “Satanás os ha pedido para zarandearos como a trigo; pero yo he rogado por ti, que tu fe no falte”. Gracias a Dios, no se nos deja solos. El que “de tal manera amó… al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna”, no nos abandonará en la lucha contra el enemigo de Dios y de los hombres. “He aquí —dice— os doy potestad de hollar serpientes y escorpiones, y sobre toda fuerza del enemigo, y nada os dañará”. Lucas 22:31, 32; Juan 3:16; Lucas 10:19.
Vivamos en contacto con el Cristo vivo, y él nos asirá firmemente con una mano que nos guardará para siempre. Creamos en el amor con que Dios nos ama, y estaremos seguros; este amor es una fortaleza inexpugnable contra todos los engaños y ataques de Satanás (El discurso maestro de Jesucristo, pp. 100, 101).
Por la conversión de un pecador, el ministro somete a máximo esfuerzo sus recursos. El alma que Dios ha creado y Cristo ha redimido es de gran valor, por causa de las posibilidades que tiene por delante, las ventajas espirituales que se le han concedido, las capacidades que puede poseer si la vivifica la Palabra de Dios, y la inmortalidad que puede obtener mediante la esperanza presentada en el evangelio. Y si Cristo dejó las noventa y nueve para poder buscar y salvar a la única oveja perdida, ¿podemos justificarnos nosotros si hacemos menos que esto? El dejar de trabajar como Cristo trabajó, de sacrificarse como él se sacrificó, ¿no es una traición de los cometidos sagrados, un insulto a Dios?
El corazón del verdadero ministro rebosa de un intenso anhelo de salvar almas. Gasta tiempo y fuerza, no escatima el penoso esfuerzo, porque otros deben oír las verdades que le proporcionaron a su propia alma tal alegría y paz y gozo. El Espíritu de Cristo descansa sobre él. Vela por las almas como quien debe dar cuenta. Con los ojos fijos en la cruz del Calvario, contemplando al Salvador levantado, confiando en su gracia, creyendo que estará con él hasta el fin como su escudo, su fuerza, su eficiencia, trabaja por Dios. Con invitaciones y súplicas, mezcladas con la seguridad del amor de Dios, trata de ganar almas para Cristo, y en los cielos se lo cuenta entre los que “son llamados y elegidos, y fíeles”. Apocalipsis 17:14 (Los hechos de los apóstoles, pp. 370, 371).
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Domingo 11 de enero: “Cristo será magnificado”
La Biblia tiene poco que decir en alabanza de los hombres. Dedica poco espacio a relatar las virtudes hasta de los mejores hombres que jamás hayan vivido. Este silencio no deja de tener su propósito y su lección. Todas las buenas cualidades que poseen los hombres son dones de Dios; realizan sus buenas acciones por la gracia de Dios manifestada en Cristo. Como lo deben todo a Dios, la gloria de cuanto son y hacen le pertenece solo a él; ellos no son sino instrumentos en sus manos. Además, según todas las lecciones de la historia bíblica, es peligroso alabar o ensalzar a los hombres; pues si uno llega a perder de vista su total dependencia de Dios, y a confiar en su propia fortaleza, caerá seguramente. El hombre lucha con enemigos que son más fuertes que él… Es imposible que nosotros, con nuestra propia fortaleza, sostengamos el conflicto; y todo lo que aleje a nuestra mente de Dios, todo lo que induzca al ensalzamiento o a la dependencia de sí, prepara seguramente nuestra caída. El tenor de la Biblia está destinado a inculcarnos desconfianza en el poder humano y a fomentar nuestra confianza en el poder divino.
El alma verdaderamente convertida es iluminada de lo alto… Sus palabras, sus motivos, sus acciones, pueden ser mal interpretados y falseados, pero no le importa porque tiene intereses más importantes en juego… No ambiciona la ostentación; no anhela la alabanza de los hombres. Su esperanza está en el cielo, y se mantiene rectamente, con la vista fija en Jesús. Hace el bien porque es justo.
Por sus obras buenas, los seguidores de Cristo deben dar gloria, no a sí mismos, sino al que les ha dado gracia y poder para obrar.
Toda obra buena se cumple solamente por el Espíritu Santo, y este es dado para glorificar, no al que lo recibe, sino al Dador. Cuando la luz de Cristo brille en el alma, los labios darán alabanzas y gracias a Dios. Nuestras oraciones, nuestro cumplimiento del deber, nuestra benevolencia, nuestro sacrificio personal, no serán el tema de nuestros pensamientos ni de nuestra conversación. Jesús será magnificado, el yo se esconderá y se verá que Cristo es todo en todos (Conflicto y valor, 25 de diciembre, p. 365).
Cuando los hombres y las mujeres puedan comprender plenamente la magnitud del gran sacrificio que fue hecho por la Majestad del cielo al morir en lugar del hombre, entonces será magnificado el plan de salvación, y al reflexionar en el Calvario se despertarán emociones tiernas, sagradas y vivas en el corazón del cristiano; vibrarán en su corazón y en sus labios alabanzas a Dios y al Cordero. El orgullo y la estima propia no pueden florecer en los corazones que mantienen frescos los recuerdos de las escenas del Calvario. Este mundo parecerá de poco valor a aquellos que estimen el gran precio de la redención del hombre, la preciosa sangre del amado Hijo de Dios. Todas las riquezas del mundo no tienen suficiente valor para redimir un alma que perece. ¿Quién puede medir el amor que sintió Cristo por el mundo perdido, mientras pendía de la cruz sufriendo por los pecados de los hombres culpables? Este incomprensible amor de Dios fue incomensurable, infinito (Exaltad a Jesús, 29 de enero, p. 37).
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Lunes 12 de enero: Morir es ganancia
¿Cuántos años hemos estado en el huerto del Señor? ¿De qué provecho hemos sido para el Maestro? ¿Cómo estamos afrontando el ojo escrutador de Dios? ¿Estamos creciendo en reverencia, amor, humildad y confianza en Dios? ¿Albergamos gratitud por todas sus misericordias? ¿Estamos procurando bendecir a los que nos rodean? ¿Manifestamos el espíritu de Jesús en nuestras familias? ¿Estamos enseñando su Palabra a nuestros hijos y contándoles las maravillosas obras de Dios? El cristiano debe representar a Jesús tanto por ser bueno como por hacer el bien. Entonces, la fragancia de la vida y la belleza de carácter revelarán que es un hijo de Dios, un heredero del cielo.
Hermanos, no seamos más siervos negligentes. Cada persona tiene que luchar contra sus inclinaciones. Cristo no vino para salvar a los hombres en sus pecados, sino de sus pecados. Ha hecho posible que poseamos un carácter santo; por tanto, no quedemos satisfechos con nuestros defectos y deformidades. Al buscar fervientemente la perfección del carácter, debemos recordar que la santificación no es obra de un momento sino de toda una vida. Pablo dijo: “Cada día muero”. Cotidianamente debemos obtener nuevos logros en la tarea de vencer. Cada día tenemos que resistir la tentación y ganar la victoria sobre el egoísmo en todas sus formas.
Día tras día debemos abrigar amor y humildad, y cultivar en nosotros mismos todas las excelencias de carácter que agradan a Dios y nos preparan para la bendita sociedad del cielo. Hay una promesa muy preciosa para todos los que tratan de realizar esta obra: “El que venciere será vestido de vestiduras blancas; y no borraré su nombre del libro de la vida, y confesaré su nombre delante de mi Padre, y delante de sus ángeles”. Apocalipsis 3:5 (Recibiréis poder, 10 de diciembre, p. 355).
El que estará más cerca de Cristo será el que en la tierra haya bebido más hondamente del espíritu de su amor desinteresado —amor que “no hace sinrazón, no se ensancha… no busca lo suyo, no se irrita, no piensa el mal” (1 Corintios 13:4, 5) —amor que mueve al discípulo como movía al Señor, a dar todo, a vivir, trabajar y sacrificarse, aun hasta la muerte, para la salvación de la humanidad. Este espíritu se puso de manifiesto en la vida de Pablo. Él dijo: “Porque para mí el vivir es Cristo”, porque su vida revelaba a Cristo ante los hombres; “y el morir es ganancia” —ganancia para Cristo; la muerte misma pondría de manifiesto el poder de su gracia y ganaría almas para él. “Será engrandecido Cristo en mi cuerpo —dijo él—, o por vida, o por muerte”. Filipenses 1:21,20 (El Deseado de todas las gentes, p. 503).
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Martes 13 de enero: Tener confianza
Para Pablo, la cruz era el único objeto de supremo interés. Desde que fuera contenido en su carrera de persecución contra los seguidores del crucificado Nazareno, no había cesado de gloriarse en la cruz. En aquel entonces se le había dado una revelación del infinito amor de Dios, según se revelaba en la muerte de Cristo; y se había producido en su vida una maravillosa transformación que había puesto todos sus planes y propósitos en armonía con el cielo. Desde aquella hora había sido un nuevo hombre en Cristo. Sabía por experiencia personal que una vez que un pecador contempla el amor del Padre, como se lo ve en el sacrificio de su Hijo, y se entrega a la influencia divina, se produce un cambio de corazón, y Cristo es desde entonces todo en todo.
En ocasión de su conversión, Pablo se llenó de un vehemente deseo de ayudar a sus semejantes a contemplar a Jesús de Nazaret como el Hijo del Dios vivo, poderoso para transformar y salvar. Desde entonces dedicó enteramente su vida al esfuerzo de pintar el amor y el poder del Crucificado. Su gran corazón simpatizaba con todas las clases sociales. “A griegos y a bárbaros —declaraba—, a sabios y a no sabios soy deudor”. Romanos 1:14. El amor por el Señor de gloria, a quien había perseguido tan implacablemente en la persona de sus santos, era el principio propulsor de su conducta, su fuerza motriz. Si alguna vez su ardor en la senda del deber flaqueaba, una mirada a la cruz y al asombroso amor allí revelado, bastaba para inducirlo a ceñirse los lomos de su entendimiento y avanzar en la senda de la abnegación…
Con el poder del Espíritu, Pablo relató la historia de su propia milagrosa conversión, y de su confianza en las Escrituras del Antiguo Testamento, que se había cumplido tan plenamente en Jesús de Nazaret. Habló con solemne fervor, y sus oyentes no pudieron sino percibir que amaba con todo su corazón al crucificado y resucitado Salvador. Vieron que su mente se concentraba en Cristo, y que toda su vida estaba vinculada con su Señor…
Pablo comprendía que su suficiencia no estaba en él, sino en la presencia del Espíritu Santo, cuya misericordiosa influencia llenaba su corazón y ponía todo pensamiento en sujeción a Cristo. Hablando de sí mismo, afirmaba que llevaba “siempre por todas partes la muerte de Jesús en el cuerpo, para que también la vida de Jesús sea manifestada en nuestros cuerpos”. 2 Corintios 4:10. En las enseñanzas del apóstol, Cristo era la figura central. “Vivo —declaraba—, no ya yo, mas vive Cristo en mí”. Gálatas 2:20. El yo estaba escondido; Cristo era revelado y ensalzado (Exaltad a Jesús, 20 de agosto, p. 240).
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Miércoles 14 de enero: Permanezcan unidos
En su carta a la iglesia de Efeso, Pablo les presenta el “misterio del evangelio” (Efesios 6:19), “las inescrutables riquezas de Cristo” (cap. 3:8), y entonces les asegura que elevará sus fervientes oraciones por su prosperidad espiritual:
“Doblo mis rodillas ante el Padre de nuestro Señor Jesucristo… que os dé, conforme a las riquezas de su gloria, el ser fortalecidos con poder en el hombre interior por su Espíritu; para que habite Cristo por la fe en vuestros corazones, a fin de que, arraigados y cimentados en amor, seáis plenamente capaces de comprender con todos los santos cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura, y de conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios”. Efesios 3:14, 16-19.
También escribe a sus hermanos corintios, “santificados en Cristo Jesús… Gracia y paz a vosotros, de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo. Gracias doy a mi Dios siempre por vosotros, por la gracia de Dios que os fue dada en Cristo Jesús; porque en todas las cosas fuisteis enriquecidos en él, en toda palabra y en toda ciencia; así como el testimonio acerca de Cristo ha sido confirmado en vosotros, de tal manera que nada os falta en ningún don, esperando la manifestación de nuestro Señor Jesucristo”. 1 Corintios 1:2-7.
Estas palabras son dirigidas no solamente a la iglesia de Corinto, sino a todos los hijos de Dios hasta el fin del tiempo. Todo cristiano debe gozar la bendición de la santificación.
El apóstol continúa con estas palabras: “Os ruego, pues, hermanos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que habléis todos una misma cosa, y que no haya entre vosotros divisiones, sino que estéis perfectamente unidos en una misma mente y en un mismo parecer”, cap. 1:10. Pablo no les habría pedido que hicieran algo que fuera imposible. La unidad es el resultado seguro de la perfección cristiana…
El propio apóstol estaba tratando de alcanzar la misma norma de santidad que les presentó a sus hermanos… Pablo no vaciló en destacar, en toda oportunidad apropiada, la importancia de la santificación bíblica. Él dice: “Pues la voluntad de Dios es vuestra santificación”. 1 Tesalonicenses 4:3. “Por tanto, amados míos, como siempre habéis obedecido, no como en mi presencia solamente, sino mucho más ahora en mi ausencia… Haced todo sin murmuraciones y contiendas, para que seáis irreprensibles y sencillos, hijos de Dios sin mancha en medio de una generación maligna y perversa, en medio de la cual resplandecéis como luminares en el mundo”. Filipenses 2:12-15 (Reflejemos a Jesús, 25 de marzo, p. 90).
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Jueves 15 de enero: Unidos y sin temor
Félix nunca antes había escuchado la verdad; y cuando el Espíritu de Dios convenció su alma, se conmovió profundamente. La conciencia, despierta ahora, dejó oír su voz y Félix sintió que las palabras de Pablo eran verdaderas. La memoria le recordó su culpable pasado. Con terrible nitidez recordó los secretos de su vida de libertinaje y de derramamiento de sangre, y el obscuro registro de sus años ulteriores. Se vio licencioso, cruel, codicioso. Nunca antes la verdad había impresionado de esta manera su corazón. Nunca antes se había llenado así su alma de terror. El pensamiento de que todos los secretos de su carrera de crímenes estaban abiertos ante los ojos de Dios, y que habría de ser juzgado de acuerdo con sus hechos, le hizo temblar de miedo.
Pero en vez de permitir que sus convicciones lo llevaran al arrepentimiento, trató de ahuyentar estas reflexiones desagradables. La entrevista con Pablo fue suspendida. “Ahora vete —dijo—; mas en teniendo oportunidad te llamaré”.
¡Cuánto contrastaba el proceder de Félix con el del carcelero de Filipos! Los siervos del Señor fueron conducidos en cadenas al carcelero, como Pablo a Félix. La evidencia que dieron de ser sostenidos por un poder divino, su regocijo bajo el sufrimiento y la desgracia, su valentía cuando la tierra temblaba por el terremoto, su espíritu per- donador semejante al de Cristo, produjeron convicción en el corazón del carcelero, y temblando confesó sus pecados y halló perdón. Félix tembló pero no se arrepintió. El carcelero dio alegremente la bienvenida al Espíritu de Dios en su corazón y en su hogar; Félix pidió al mensajero divino que se fuera. El uno escogió llegar a ser hijo de Dios y heredero del cielo; el otro echó su suerte con los obradores de iniquidad (Los hechos de los apóstoles, p. 340).
“Por tanto, yo os protesto el día de hoy, que yo soy limpio de la sangre de todos: porque no he rehuido de anunciaros todo el consejo de Dios”. Ningún temor de ofender, ni el deseo de conquistar amistad o aplauso, podía inducir a Pablo a negarse a declarar las palabras de Dios dadas para su instrucción, amonestación y corrección. Dios requiere hoy que sus siervos prediquen la Palabra y expongan sus preceptos con intrepidez. El ministro de Cristo no debe presentar a la gente tan solo las verdades más agradables, ocultándole las que puedan causarle dolor. Debe observar con intensa solicitud el desarrollo del carácter. Si ve que cualquiera de su rebaño fomenta un pecado, como fiel pastor debe darle, basado en la Palabra de Dios, instrucciones aplicables a su caso. Si permite que sigan, sin amonestación alguna, confiando en sí mismos, será responsable por sus almas. El pastor que cumple su elevado cometido debe dar a su pueblo fiel instrucción en cuanto a todos los puntos de la fe cristiana y mostrarle lo que debe ser y hacer a fin de ser hallado perfecto en el día de Dios. Solo el que es fiel maestro de la verdad podrá decir con Pablo al fin de su obra: “Soy limpio de la sangre de todos” (Los hechos de los apóstoles, pp. 315, 316).
Viernes 16 de enero: Para estudiar y meditar
Conflicto y valor, “Marcos y Demas”, 9 de diciembre, p. 349.
Reflejemos a Jesús, “El testimonio triunfante de pablo resuena a través de los siglos”, 28 de diciembre, p. 368.
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Narración: Adan Vicente



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