Notas de Elena | Lección 1 | Evalúate | Escuela Sabática Semanal

Evalúate
Sábado de tarde, 28 de marzo
Al establecer una relación con Cristo, el hombre renovado no hace sino volver a la relación con Dios que ya se le había señalado… Su primer deber es hacia sus hijos y sus parientes más cercanos. Nada puede excusarle por descuidar el círculo de sus más allegados para atender el círculo externo más amplio. En el día del ajuste final de cuentas… se les preguntará a los padres y a las madres qué hicieron para asegurar la salvación de las almas de los que ellos se hicieron responsables trayéndolos al mundo. ¿Descuidaron sus corderos dejándolos al amparo de extraños?… Una gran cantidad de bien realizado en favor de otros no cancelará la deuda que tenéis ante Dios de cuidar a vuestros hijos. El bienestar espiritual de su familia está en primer lugar.
En entrenar correctamente y moldear las mentes de sus hijos, se les ha confiado a las madres la misión más importante dada alguna vez a los mortales.
Siempre que cumplamos con el deber que tenemos más a mano, Dios nos bendecirá y escuchará nuestras oraciones. Hay demasiadas personas que realizan obra misionera fuera del hogar, mientras que en su propia casa no se hace nada en ese sentido, y como consecuencia de ese descuido, su hogar va a la ruina… El primer trabajo misionero consiste en cuidar de que el amor, la luz y el gozo reinen en el hogar. No tratemos de realizar alguna gran campaña en favor de la temperancia, o alguna gran empresa misionera, antes de cumplir con los deberes hacia nuestro hogar. Cada mañana debiéramos pensar: ¿Qué acto bondadoso puedo realizar hoy? ¿Qué palabra tierna puedo pronunciar? Las palabras bondadosas en la intimidad del hogar se asemejan a los rayos del sol. El esposo necesita de ellas, como también las necesitan la esposa y los niños… Cada corazón debiera aspirar a conseguir que exista aquí abajo tanto del cielo como sea posible (Dios nos cuida, 25 de enero, p. 33).
En el servicio de Dios no hay un término medio… Que nadie espere transigir con el mundo, y sin embargo seguir gozando de las bendiciones del Señor. Que el pueblo de Dios salga del mundo, y sea separado. Procuremos más fervientemente conocer y hacer la voluntad de nuestro Padre celestial. Recibamos de tal modo la luz de la verdad que ha brillado sobre nosotros, que sus rayos brillantes se reflejen de nosotros al mundo. Que los incrédulos vean que la fe que tenemos nos hace mejores hombres y mejores mujeres; que es una realidad viviente, que santifica el carácter y transforma la vida… Que nuestra conversación verse sobre las cosas celestiales. Rodeémonos con una atmósfera de gozo cristiano. Demostremos que nuestra religión puede soportar la prueba de las dificultades. Mediante nuestra bondad, paciencia y amor, probemos ante el mundo el poder de nuestra fe (Nuestra elevada vocación, 26 de octubre, p. 307).

Domingo 29 de marzo: Nuestra condición
Como los judíos de los días de Cristo, muchos hoy escuchan y creen, pero no están dispuestos a subir a la plataforma de la obediencia y aceptar la verdad tal como es en Jesús. Temen perder ciertas ventajas mundanales. Mentalmente están de acuerdo con la verdad, pero la obediencia implica llevar la cruz de la abnegación y el sacrificio, y dejar de confiar en el hombre y poner carne por su brazo; por eso se apartan de la cruz. Podrían sentarse a los pies de Jesús para aprender diariamente de él y saber exactamente qué es la vida eterna, pero no están dispuestos a hacerlo.
Toda persona salvada debe someter sus propios planes, sus proyectos ambiciosos, que implican glorificación propia, y debe seguir la dirección de Cristo. Se debe someter la mente a Cristo para que él la limpie, la purifique y la refine. Esto ocurrirá cada vez que se acepten debidamente las enseñanzas del Señor Jesús. Es difícil que el yo muera cada día, aunque la admirable historia de la gracia de Dios se presente con toda la riqueza de su amor, que él revela a las almas necesitadas.
¡Oh, cuánto necesitamos conocer más íntimamente al Señor Jesús! Necesitamos comprender su voluntad y llevar a cabo sus propósitos, diciendo de todo corazón: “Señor, ¿qué quieres que haga?” ¡Cuánto deseo ver nuestras iglesias en una condición diferente de la de ahora, es decir, que agravian al Espíritu Santo cada día con su tibia vida religiosa, que no es ni fría ni caliente! Cristo dice: “¡Ojalá fueses frío o caliente! Pero por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca” (Apocalipsis 3:15, 16).
¡Oh, cuánto sería honrado y glorificado Cristo ante los hombres y mujeres irreligiosos y mundanos si sus seguidores fueran lo que pretenden ser, es a saber, verdaderos cristianos a quienes el amor de Cristo los constriña a darlo a conocer ante un mundo idólatra, poniendo de manifiesto el marcado contraste que existe entre los que sirven a Dios y los que no lo sirven!… Tenemos que hablar a otros del amor de Cristo, y para hacerlo debemos saber por experiencia qué significa tener ese amor en el corazón. Todos encontrarían abundantes oportunidades para trabajar, si quisieran aprovechar las oportunidades que se les presentan [Cada día con Dios, 25 de febrero, p. 62).
La condición de muchos de aquellos que pretenden ser hijos de Dios está representada con exactitud por el mensaje dado a la iglesia de Laodicea. Ante aquellos que sirven a Dios se han presentado verdades de valor inestimable» las cuales» si se llevan a la vida práctica, demuestran la diferencia entre aquellos que sirven a Dios y los que no le sirven»».
La Biblia es el almacén de las riquezas inescrutables de Dios. Pero aquellos que paseen un conocimiento de la verdad no la comprenden tan plenamente como deberían. No llevan al corazón ni a la vida el amor de Cristo» El estudiante de la Palabra se encuentra inclinado sobre una fuente de agua viva. La iglesia necesita beber profundamente de la espiritualidad de la Palabra, Su servicio a Dios debe ser muy diferente de La experiencia religiosa insípida, sin vida, y sin emoción, que da lugar a que existan muchos creyentes, pero muy poco diferentes de aquellos que no creen (Nuestra elevada vocación, S de diciembre, p. 350).

Lunes 30 de marzo: Amonestación, arrepentimiento y recompensa
El sello del Dios viviente solo será colocado sobre los que son semejantes a Cristo en carácter… La cera recibe la impresión del sello, y así también el alma debe recibir La impresión del Espíritu de Dios y conservar la imagen de Cristo… Muchos no recibirán el sello de Dios porque no guardan sus mandamientos ni dan los frutos de justicia…
La gran masa de llamados cristianos sufrirá un amargo desengaño en el día de Dios. No tienen sobre sus frentes el sello del Dios viviente. Tibios e irresolutos, deshonran a Dios mucho más que los incrédulos declarados. Van a tientas en las tinieblas, cuando podrían estar caminando en la luz meridiana de la Palabra bajo la conducción de Aquel que nunca yerra…
Aquellos a quienes el Cordero guiará a las fuentes de aguas vivas y de cuyos ojos borre toda lágrima» serán los que ahora reciban el conocimiento y la comprensión que se revelan en la Biblia, la Palabra de Dios…
No debemos imitar a ningún ser humano. No hay ningún ser humano suficientemente sabio para ser nuestro modelo. Debemos contemplar al Hombre Cristo Jesús, que es completo en la perfección de justicia y santidad. Él es el Autor y Consumador de nuestra fe. Es el Hombre modelo. Su vida es la medida de la vida que debemos alcanzar. Su carácter es nuestro modelo. Por lo tanto, despejemos nuestra mente de perplejidades)’ de las dificultades de esta vida y fijárnosla en él, para que contemplándolo podamos ser cambiados a su semejanza. Podemos contemplar a Cristo con un buen propósito. Podemos estar seguros mirándolo porque es omnisapiente. Al contemplarlo y al pensar en él, él se formará en nuestro interior, la esperanza de gloria.
Esforcémonos con todo el poder que Dios nos ha dado para estar entre los ciento cuarenta y cuatro mil… Solo los que reciban el sello del Dios viviente tendrán el pasaporte para pasar por los porrales de la santa ciudad (Maranata: el Señor viene, 21 de agosto, p. 248).
Los cristianos a medias son peores que los infieles, porque sus palabras engañosas y su posición indecisa hacen que muchos se descarríen. El infiel muestra sus colores. El cristiano tibio engaña a las dos partes. No es un buen mundano, ni tampoco un buen cristiano. Satanás lo emplea para realizar una obra que nadie puede hacer.
El amor a sí mismo excluye el amor de Cristo. Los que viven para sí son colocados bajo el título de la iglesia de Laodicea la cual es tibia, no es fría ni caliente. El ardor del primer amor se ha transformado en egoísmo. El amor de Cristo que está en el corazón se expresa en las acciones. Si el amor por Cristo es apagado, el amor por aquellos por quienes Cristo ha muerto será degenerado. Puede haber una admirable apariencia de celo y ceremonias, pero esta es la sustancia de su religión llena del yo. Cristo habla de ellos como si causaran náuseas a su gusto.
Agradezcamos al Señor que mientras que esta clase es tan numerosa, todavía queda tiempo para el arrepentimiento (Nuestra elevada vocación, 8 de diciembre, p. 350).

Martes 31 de marzo: Amor eterno
Usted desea agradar al Señor, y puede hacerlo si cree en sus promesas. Él está esperando para llevarlo al puerto de una experiencia llena de gracia, y le pide: “Estad quietos, y conoced que yo soy Dios”. Ha pasado por un tiempo de inquietud; pero Jesús le dice: “Venid a mí… que yo os haré descansar”. El gozo de Cristo en el alma merece cualquier sacrificio. “Luego se alegran”, porque tienen el privilegio de descansar en los brazos del amor Eterno…
Dios está esperando para conferir la bendición del perdón, la remisión de la iniquidad y los dones de la justicia a todos los que crean en su amor y acepten la salvación que él ofrece. Cristo está dispuesto a decir al pecador arrepentido: “Mira que he quitado de ti tu pecado, y te he hecho vestir de ropas de gala”. La sangre de Jesucristo es el argumento elocuente que habla en favor de los pecadores. Esta sangre “limpia de todo pecado”.
Usted tiene el privilegio de confiar en el amor de Jesús para su salvación, en la forma más plena, segura y noble; usted tiene el privilegio de decir: “Me ama, me recibe; confiaré en él porque dio su vida por mí”. Nada disipa tanto la duda como el ponerse en contacto con el carácter de Cristo. Él declara: “Y al que a mí viene no le echo fuera”, es decir, no hay ninguna posibilidad de que lo eche fuera, porque he empeñado mi palabra de que lo recibiré. Acepte la palabra de Cristo y afirme con sus labios que ya ha ganado la victoria (Testimonios para los ministros, pp. 516, 517).
Cuando el pecador alcanza la cruz, y contempla a Aquel que murió para salvarlo, debe regocijarse con plenitud de gozo; porque sus pecados son perdonados. Arrodillándose junto a la cruz, ha alcanzado el lugar más alto al que un hombre puede llegar. La luz del conocimiento de la gloria de Dios es revelada en el rostro de Jesucristo; y él pronuncia estas palabras de perdón: “Vivid, vosotros pecadores, vivid. Vuestro arrepentimiento es aceptado; porque yo he encontrado un rescate”.
Mediante la cruz aprendemos que nuestro Padre celestial nos ama con un amor infinito y perdurable, y nos acerca hacia él con una simpatía mayor que la de una madre anhelosa por un hijo descarriado. ¿Puede extrañarnos el que Pablo haya exclamado: “Lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo”? También es nuestro privilegio gloriarnos en la cruz del Calvario, es nuestro privilegio darnos plenamente a Aquel que se dio a sí mismo por nosotros. Entonces, con la luz del amor que brilla desde su rostro sobre nosotros, saldremos para reflejarla sobre aquellos que viven en tinieblas (Nuestra elevada vocación, 9 de febrero, p. 46).

Miércoles 1 de abril: Permanencia
Ir a Cristo debe ser un ejercicio de la fe. Si lo incorporamos a los quehaceres diarios, tendremos paz, gozo y por experiencia, conoceremos el significado de sus palabras: “Si guardareis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; así como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor”. Juan 15:10. Nuestra fe debe aferrarse a las promesas para que podamos permanecer en el amor de Jesús. Cristo dijo: “Estas cosas os he hablado, para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea cumplido”. Juan 15:11.
La fe obra por amor y purifica al creyente. Mediante la fe el Espíritu Santo tiene acceso al corazón y desarrolla la santidad interior. A menos que esté en comunión con Dios mediante el Espíritu, el hombre no puede llegar a ser un agente que haga las obras de Cristo. Seremos preparados para el cielo únicamente mediante la transformación del carácter. Si deseamos tener acceso al Padre, debemos exhibir las credenciales de la justicia de Cristo. Participaremos de la naturaleza divina cuando huyamos de la corrupción que hay en el mundo por causa de la concupiscencia. Diariamente necesitamos ser transformados por el Espíritu Santo, cuya misión es elevar el gusto, santificar el corazón y ennoblecer al ser entero para que podamos representar la incomparable hermosura de Jesús.
Debemos mirar a Cristo y por la contemplación seremos transformados. Tenemos que ir a él como una fuente abierta e inagotable de la que podemos beber una y otra vez, y de la cual disfrutaremos siempre del fresco suministro. Necesitamos responder a la atracción de su amor para poder alimentarnos del Pan de vida que descendió del cielo, y beber del Agua de la vida que mana del trono de Dios. Si deseamos que la fe nos una a su solio, mantengámonos mirando hacia arriba. Si miramos hacia abajo, quedaremos atados a la tierra. No examine su fe como si fuera una flor para saber si tiene raíces. La fe crece imperceptiblemente (Recibiréis poder, 9 de marzo, p. 79).
Cristo conoce las dificultades que prueban a cada alma y dice: “Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, este lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer”. Juan 15:4, 5.
Nuestro primer deber, y el más grande de todos, es saber que permanecemos en Cristo. Él debe hacer la obra. Debemos intentar saber “qué dice el Señor”, sometiendo nuestras vidas a su gobierno. Cuando el Espíritu de Cristo mora en nosotros, todo cambia. Solo el Salvador puede darnos el descanso y la paz que tanto necesitamos. Y en cada invitación que nos hace para buscar al Señor a fin de que lo encontremos, nos está llamando para que moremos en él. Esta invitación no consiste solamente en que vayamos a él, sino que permanezcamos en él. El Espíritu de Dios nos impulsa a acudir. Cuando tenemos ese descanso y esa paz, nuestras preocupaciones diarias no nos inducirán a ser ordinarios, toscos y descorteses. No seguiremos más nuestro propio camino y nuestra voluntad. Desearemos hacer la voluntad de Dios, morando en Cristo como los pámpanos se hallan unidos en la vid (Cada día con Dios, 11 de mayo, p. 138).

Jueves 2 de abril: La savia
El carácter del cristiano se muestra por su vida diaria. Dijo Cristo: “Así, todo buen árbol da buenos frutos, pero el árbol malo da frutos malos”. Mateo 7:17. Nuestro Salvador se compara a sí mismo con una vid, de la cual sus seguidores son las ramas. Declara sencillamente que todos los que quieren ser sus discípulos deben llevar frutos; y entonces muestra cómo pueden llegar a ser ramas fructíferas. “Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí”. Juan 15:4.
El apóstol San Pablo describe el fruto que el cristiano ha de llevar. Él dice que es “en toda bondad, justicia y verdad”. Efesios 5:9. Y de nuevo leemos: “Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza”. Gálatas 5:22, 23. Estas preciosas gracias son solo los principios de la ley de Dios cristalizados en la vida.
La ley de Dios es la única verdadera norma de perfección moral. Esa ley fue ejemplificada prácticamente en la vida de Cristo. Él dice de sí mismo: “Yo he guardado los mandamientos de mi Padre”. Juan 15:10. Nada menos que esta obediencia hará frente a los requisitos de la Palabra de Dios. “El que dice que permanece en él, debe andar como él anduvo”. 1 Juan 2:6. No podemos afirmar que somos incapaces de hacerlo, porque tenemos la seguridad: “Bástate mi gracia”. 2 Corintios 12:9. Al mirarnos en el espejo divino, la ley de Dios, vemos el carácter excesivamente pecaminoso del pecado, y nuestra propia condición perdida como transgresores. Pero por el arrepentimiento y la fe somos justificados delante de Dios, y por la gracia divina capacitados para prestar obediencia a sus mandamientos.
Aquellos que tienen un amor genuino hacia Dios, manifestarán un ferviente deseo de conocer su voluntad y de realizarla… El hijo que ama a sus padres manifestará ese amor por una obediencia voluntaria; pero el niño egoísta, desagradecido, trata de hacer tan poco como sea posible por sus padres, en tanto que al mismo tiempo desea gozar de todos los privilegios concedidos a un hijo fiel y obediente. La misma diferencia se ve entre los que profesan ser hijos de Dios. Muchos que saben que son los objetos del amor y cuidado de Dios, y que desean recibir sus bendiciones, no encuentran placer en hacer su voluntad. Consideran los requisitos de Dios para con ellos como una restricción desagradable, sus mandamientos como un yugo gravoso. Pero el que está buscando verdaderamente la santidad del corazón y la vida, se deleita en la ley de Dios, y se lamenta únicamente de que esté tan lejos de cumplir sus requerimientos {Reflejemos a Jesús, 23 de marzo, p. 88).

Viernes, 3 de abril: Para estudiar y meditar
Alza tus ojos, “A cada uno su obra”, 14 de junio, p. 177.
Nuestra elevada vocación, “Un mensaje lleno de aliento”, 11 de diciembre, p. 353.



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