Notas de Elena | Domingo 9 de agosto del 2020 | Símbolos de la Palabra de Dios | Escuela Sabática

Domingo 9 de agosto: Símbolos de la Palabra de Dios
Mientras Cristo estaba sentado mirando el grupo que esperaba al esposo, contó a sus discípulos la historia de las diez vírgenes, para ilustrar con ese suceso la experiencia de la iglesia que viviría precisamente antes de su segunda venida.
Las dos clases de personas que esperaban representan dos clases que profesan estar esperando a su Señor. Se las llama vírgenes porque profesan una fe pura. Las lámparas representan la Palabra de Dios. El salmista dice: “Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino”. Salmo 119:105 El aceite es un símbolo del Espíritu Santo (Palabras de vida del gran Maestro, p. 336).
Desde la caída del hombre, Cristo había sido el Revelador de la verdad al mundo. Por medio de él, la incorruptible simiente, “la palabra de Dios, que vive y permanece para siempre”, es comunicada a los hombres. 1 Pedro 1:23. En aquella primera promesa pronunciada a nuestra raza caída, en el Edén, Cristo estaba sembrando la simiente del evangelio. Pero la parábola se aplica especialmente a su ministerio personal entre la gente y a la obra que de esa manera estableció.
La palabra de Dios es la simiente. Cada semilla tiene en sí un poder germinador. En ella está encerrada la vida de la planta. Así hay vida en la palabra de Dios. Cristo dice: “Las palabras que yo os he hablado, son espíritu, y son vida”. Juan 6:63. “El que oye mi palabra, y cree al que me ha enviado, tiene vida eterna”. Juan 5:24. En cada mandamiento y en cada promesa de la Palabra de Dios se halla el poder, la vida misma de Dios, por medio de los cuales pueden cumplirse el mandamiento y la promesa. Aquel que por la fe recibe la palabra, está recibiendo la misma vida y carácter de Dios (Palabras de vida del gran Maestro, p. 20).
¿No es mi palabra como fuego, dice Jehová, y como martillo que quebranta la piedra? Jeremías 23:29…
Puede ser que se necesite mucho trabajo para edificar el carácter y que ustedes sean piedras toscas que deben ser escuadradas y pulidas antes que estén listas para ocupar su lugar en el templo de Dios. No tienen por qué sorprenderse si con martillo y cincel Dios elimina sus defectos de carácter, hasta que estén en condiciones de ocupar el lugar que Dios les ha preparado. Nadie puede hacer esta obra. Solo Dios puede hacerla. Pueden estar seguros de que él no dará un golpe en vano. De cada golpe con amor, para el eterno bien y la felicidad perdurable de ustedes. Conoce sus flaquezas y obra para restaurar, no para destruir.
Del alma pobre y desfalleciente, cansada de acudir a los seres humanos, solamente para recibir traición y olvido, Cristo dice: “¿O forzará alguien mi fortaleza? Haga conmigo paz; sí, haga paz conmigo”. Isaías 27:5 (Cada día con Dios, p. 21).
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