Notas de Elena | Domingo 1 de noviembre del 2020 | En vez de esconderse | Escuela Sabática

Domingo 1 de noviembre: En vez de esconderse
El Señor visitó a Adán y Eva y les dio a conocer las consecuencias de su desobediencia. Cuando se percataron de la presencia majestuosa de Dios trataron de esconderse de su vista, de la que antes se deleitaban, cuando gozaban de inocencia y santidad. “Jehová Dios llamó al hombre, y le dijo: ¿Dónde estás tú? … El Señor no formuló esa pregunta porque necesitaba información, sino para tratar de convencer a la pareja culpable. ¿Qué te infundió vergüenza y temor? (La historia de la redención, p. 40).

El Señor vio a Adán y Eva cuando tomaron la fruta del árbol prohibido. Cuando se sintieron culpables, huyeron de su presencia, y “se ocultaron”, pero Dios los vio; no pudieron ocultar su vergüenza de sus ojos. Cuando Caín mató a su hermano, pensó ocultar su crimen negando lo que había hecho; pero el Señor le dijo: “La voz de la sangre de tu hermano clama a mí desde la tierra”. Génesis 4:10…
La Biblia presenta la ley de Dios como una norma perfecta para regir la vida y modelar el carácter. El único ejemplo perfecto de obediencia a sus preceptos está en el Hijo de Dios… y se nos ordena seguir en sus pasos (A fin de conocerle, p. 358).
Cuando se da la bienvenida a los redimidos en la ciudad de Dios, un grito triunfante de admiración llena los aires. Los dos Adanes están a punto de encontrarse. El Hijo de Dios está en pie con los brazos extendidos para recibir al padre de nuestra raza al ser que él creó, que pecó contra su Hacedor, y por cuyo pecado el Salvador lleva las señales de la crucifixión. Al distinguir Adán las cruentas señales de los clavos, no se echa en los brazos de su Señor, sino que se prosterna humildemente a sus pies, exclamando: “¡Digno, digno es el Cordero que fue inmolado!” El Salvador lo levanta con ternura, y le invita a contemplar nuevamente la morada edénica de la cual ha estado desterrado por tanto tiempo.
Después de su expulsión del Edén, la vida de Adán en la tierra estuvo llena de pesar. Cada hoja marchita, cada víctima ofrecida en sacrificio, cada ajamiento en el hermoso aspecto de la naturaleza, cada mancha en la pureza del hombre, le volvían a recordar su pecado. Terrible fue la agonía del remordimiento cuando notó que aumentaba la iniquidad, y que, en contestación a sus advertencias, se le tachaba de ser él mismo causa del pecado. Con paciencia y humildad soportó, por cerca de mil años, el castigo de su transgresión. Se arrepintió sinceramente de su pecado y confió en los méritos del Salvador prometido, y murió en la esperanza de la resurrección. El Hijo de Dios reparó la culpa y caída del hombre, y ahora, merced a la obra de propiciación. Adán es restablecido a su primitiva soberanía (El conflicto de los siglos, pp. 629, 630).
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NOTAS DE ELENA G. DE WHITE
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