Lección 2 | Lunes 6 de julio del 2020 | Proclamando al Cristo resucitado | Escuela Sabática Adultos

Lunes 6 de julio
PROCLAMANDO AL CRISTO RESUCITADO
Era temprano el domingo por la mañana, y las dos Marías se dirigían rápidamente a la tumba de Cristo. No iban a pedirle nada. ¿Qué podría darles un hombre muerto? La última vez que lo habían visto, su cuerpo estaba ensangrentado, magullado y quebrado. Las escenas de la Cruz estaban profundamente grabadas en sus mentes. Ahora, simplemente estaban cumpliendo con su deber. Con tristeza, se dirigieron a la tumba para embalsamar su cuerpo. Las tenebrosas sombras del desaliento envolvían su vida en la oscuridad de la desesperación. El futuro era incierto y ofrecía pocas esperanzas.
Cuando llegaron a la tumba, se sorprendieron al encontrarla vacía. Mateo registra los eventos de esa mañana de resurrección con estas palabras: “Mas el ángel, respondiendo, dijo a las mujeres: No temáis vosotras; porque yo sé que buscáis a Jesús, el que fue crucificado. No está aquí, pues ha resucitado, como dijo. Venid, ved el lugar donde fue puesto el Señor” (Mat. 28:5, 6).
Las mujeres ahora estaban llenas de alegría. Sus nubes oscuras de tristeza se desvanecieron con la luz del sol del amanecer de la resurrección. Su noche de tristeza había terminado. La alegría inundó sus rostros, y las canciones de regocijo reemplazaron sus lágrimas de lamento.

Lee Marcos 16:1 al 11. ¿Cuál fue la respuesta de María cuando descubrió que Cristo había resucitado de entre los muertos?

Después de que María se encontró con el Cristo resucitado, corrió a contar la historia. Las buenas noticias son para compartir, y ella no podía guardar silencio. ¡Cristo estaba vivo! Su tumba estaba vacía, y el mundo debía saberlo. Después de encontrarnos con el Cristo resucitado en la carretera de la vida, nosotros también debemos correr para contar la historia, porque las buenas noticias son para compartir.
Qué fascinante es, también, que a pesar de todas las veces que Jesús les había dicho lo que sucedería, que sería muerto y luego resucitado, los discípulos, aquellos que Jesús escogió específicamente, se negaron a creer el testimonio de María. “Ellos, cuando oyeron que vivía, y que había sido visto por ella, no lo creyeron” (Mar. 16:11). Por lo tanto, si incluso los propios discípulos de Jesús no creyeron de inmediato, tampoco deberíamos sorprendernos si los demás tampoco aceptan nuestras palabras de inmediato.
¿Cuándo fue la última vez que fuiste rechazado al dar testimonio? ¿Cómo respondiste y qué has aprendido de esa experiencia?
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