Bosquejo | Lección 5 | Del orgullo a la humildad | Escuela Sabática Pr. Edison Choque

Bosquejo 5

La presencia de Nabucodonosor en el libro de Daniel concluye con otro sueño, su interdicción del trono y su subsiguiente restauración al reinado.

Nabucodonosor mismo escribe una carta personal a todos sus súbditos, donde finalmente reconoce que Dios es el único que tiene poder y autoridad sobre los asuntos humanos.

Sean todos bienvenidos al bosquejo de la lección de la Escuela Sabática, estamos en la quinta lección del trimestre, que tiene como titulo:
“Del orgullo a la humildad”
Vamos a estudiar el capitulo 4 del libro de Daniel

El capítulo 4 puede ser dividido en tres secciones principales:

1. El relato del sueño (Daniel 4:1-15),

2. La interpretación del sueño (Daniel 4:16-27)

3. El cumplimiento del sueño (Daniel 4:28-36).

I. El segundo sueño de Nabucodonosor.

Daniel 4:1-15 describe que al fin de su reinado Nabucodonosor tiene otro sueño, así como fue el primer sueño, el segundo sueño también transmitió imágenes que eran familiares al rey.
Se le mostró al rey un árbol que estaba en el centro de la Tierra.
Este árbol creció y alcanzó el cielo y llegó a ser un refugio que proveía protección y sustento para la gente y a los animales.
El árbol representa apropiadamente a un rey arrogante y esta imagen nos recuerda otro proyecto que apuntaba al cielo, la Torre de Babel (Gén. 11)

En seguida aparece un ser celestial que ordena el corte y la destrucción del árbol, todas las criaturas huyen de su protección. Pero la cepa de sus raíces fue atado con cadenas y dejado en compañía de los animales. (Daniel 4:15)
De esta manera se interrumpe un reino aparentemente “próspero y seguro”.

Daniel 4:6 menciona que el rey recurrió a los sabios de Babilonia, pero ninguno pudo interpretar el sueño. Luego, convocó a Daniel, que no sorprendió dando la interpretación.
Pero, antes de seguir, recuerda que Daniel 2, 4 y 5 van juntos porque contienen historias en las que Daniel supera ampliamente a los otros sabios de Babilonia.

II. La interpretación del sueño.
El sueño era una mala noticia para Nabucodonosor. Daniel sabia esto, y podría haber estado tentado a entregar el duro mensaje con un sentimiento de venganza y satisfacción. Después de todo, Nabucodonosor había llevado cautivos a su pueblo.

Pero, aunque no tenia miedo de dar la mala noticia al monarca, fue cuidadoso y reflexivo. Cuando llega a la peor parte del sueño, pasa por alto algunos detalles.
Daniel no encontró satisfacción en la caída del rey: “El sufrimiento humano por merecido que parezca algunas veces, nunca deberían ser una causa de celebración, o peor, una satisfacción maliciosa”
De acuerdo con Daniel, la degradación del rey sería temporaria (Dan. 4:25).
Después de dar la interpretación del sueño, Daniel actúa en sintonía con los profetas del Antiguo Testamento. Hace una fuerte llamado para que el rey en primer lugar
1. Se aparte de sus pecados
2. Y en segundo lugar: Muestre misericordia a los pobres (Dan. 4:27)
La obediencia a estos dos consejos podría haber postergado el juicio contra él.

III. El cumplimiento del sueño.

Doce meses después del sueño, Nabucodonosor estaba caminando por el palacio real y felicitándose por construir la “gran Babilonia” (Dan. 4:30).

Cuando repentinamente cayó el juicio de Dios sobre él.
Fue quitado del trono y obligado a pasar siete años entre las bestias, comiendo pasto tal como había predicho Daniel.
Cuando se hubo cumplido el tiempo designado para su castigo, el rey fue restaurado a su anterior honor, pero esta vez reconoció que “Dios puede humillar a los que andan con soberbia” (Daniel 4:37).
De esta manera, el más grande gobernante del Imperio Neobabilónico deja el protagonismo en la historia, cuando el oro es substituido por la plata.
Esto nos recuerda que el Altísimo era, es y siempre será el Gobernante supremo sobre cualquier poder humano.

Aplica:

Una pregunta: ¿Somos capaces de reconocer que todos nuestros logros en la vida son dones de Dios y que debemos acreditarlos a él y usados para su gloria?

Somos llamados a aprender de la humildad de aquel que “se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Fil. 4:8).

Tal vez sea tiempo de dejar de concentrarnos en nosotros mismos, dejar de concentrarnos en nuestros logros y nuestros fracasos. Y levantar nuestros ojos y mirar a Jesús, que “nos hizo reyes y sacerdotes para Dios, a él sea gloria e imperio por los siglos de los siglos. Amén” (Apoc, 1:6).

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