Notas de Elena | Sábado 21 de diciembre del 2019 | Los dirigentes de Israel | Escuela Sabática

Sábado 21 de diciembre
El gran propósito de Dios al llevar a cabo sus providencias es probar a los hombres, darles la oportunidad de desarrollar el carácter. Así él prueba si son obedientes o desobedientes a sus mandamientos. Las buenas obras no compran el amor de Dios, pero revelan que poseemos ese amor. Si rendimos a Dios nuestra voluntad, no trabajaremos a fin de ganar el amor de Dios. Su amor, como un don gratuito, será recibido en el alma, y por amor a él nos deleitaremos en obedecer sus mandamientos (Palabras de vida del gran Maestro, p. 226).
Todo verdadero cristiano debe desarrollar en esta vida las características del amor divino; ha de manifestar espíritu de tolerancia, de beneficencia, y estar libre de celos y envidia. Semejante carácter, desarrollado en palabra y en comportamiento, no repelerá y no será inaccesible, frío o indiferente a los intereses ajenos. La persona que cultiva la preciosa planta del amor será abnegada de espíritu, y no perderá el dominio propio bajo la provocación. No culpará a otros de malos motivos o intenciones, pero se lamentará profundamente cuando el pecado sea descubierto en cualquiera de los discípulos de Cristo…
El amor hacia Dios y hacia nuestro prójimo no se revelará en actos precipitados ni nos hará dominantes, criticadores o dictatoriales (Testimonios para la iglesia, t. 5, pp. 115, 116).
Mientras que los mismos padres no anden conforme a la ley del Señor con corazón perfecto, no estarán preparados para “mandar a sus hijos después de sí”. Es preciso hacer en este respecto una reforma… Los padres deben reformarse. Los ministros necesitan reformarse; necesitan a Dios en sus hogares. Si quieren ver un estado de cosas diferente, deben dar la Palabra de Dios a sus familias, y deben hacerla su consejera. Deben enseñar a sus hijos que esta es la voz de Dios a ellos dirigida y que deben obedecerle implícitamente. Deben instruir con paciencia a sus hijos; bondadosa e incesantemente deben enseñarles a vivir para agradar a Dios. Los hijos de tales familias estarán preparados para hacer frente a los sofismas de la incredulidad. Aceptaron la Biblia como base de su fe, y por consiguiente, tienen un fundamento que no puede ser barrido por la ola de escepticismo que se avecina (Patriarcas y profetas, p. 139).
No hay en la vida situación alguna, no hay fase de la experiencia humana, para la cual no contenga la Biblia valiosa instrucción. Gobernante y gobernado, amo y criado, comprador y vendedor, prestador y prestatario, padre e hijo, maestro y discípulo: todos pueden encontrar en ella lecciones de incalculable valor.
Pero, por sobre todo, la Palabra de Dios expone el plan de salvación: muestra cómo el hombre pecador puede reconciliarse con Dios; establece los grandes principios de la verdad y del deber que debieran gobernar nuestra vida y nos promete el auxilio divino en su observancia. Va más allá de esta vida fugaz, más allá de la breve y turbia historia de nuestra humanidad. Abre ante nuestra vista el extenso panorama de las edades eternas, edades no oscurecidas por el pecado ni la tristeza. Nos enseña cómo participar de la morada de los benditos y nos invita a cimentar allí nuestras esperanzas y afectos (La educación cristiana, pp. 82, 83).
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NOTAS DE ELENA G. DE WHITE
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