Notas de Elena | Miércoles 23 de Septiembre del 2020 | Las exigencias del amor | Escuela Sabática

Miércoles 23 de septiembre: Las exigencias del amor
“El amor de Cristo —dijo Pablo— nos constriñe”. 2 Corintios 5:14. Tal era el principio que inspiraba la conducta de Pablo; era su móvil. Si alguna vez su ardor menguaba por un momento en la senda del deber, una mirada a la cruz le hacía ceñirse nuevamente los lomos del entendimiento y avanzar en el camino del desprendimiento. En sus trabajos por sus hermanos fiaba mucho en la manifestación de amor infinito en el sacrificio de Cristo, con su poder que domina y constriñe (El ministerio de curación, p. 400).
Tres veces había negado Pedro abiertamente a su Señor, y tres veces Jesús obtuvo de él la seguridad de su amor y lealtad, haciendo penetrar en su corazón esta aguda pregunta, como una saeta armada de púas que penetrase en su herido corazón. Delante de los discípulos congregados, Jesús reveló la profundidad del arrepentimiento de Pedro, y demostró cuán cabalmente humillado se hallaba el discípulo una vez jactancioso.
Pedro era naturalmente audaz e impulsivo, y Satanás se había valido de estas características para vencerle. Precisamente antes de la caída de Pedro, Jesús le había dicho: “Satanás os ha pedido para zarandaros como a trigo; mas yo he rogado por ti que tu fe no falte: y tú, una vez vuelto, confirma a tus hermanos”. Había llegado ese momento, y era evidente la transformación realizada en Pedro. Las preguntas tan apremiantes por las cuales el Señor le había probado no habían arrancado una sola respuesta impetuosa o vanidosa; y a causa de su humillación y arrepentimiento, Pedro estaba mejor preparado que nunca antes para actuar como pastor del rebaño (El Deseado de todas las gentes, p. 752).
Esta pregunta escudriñadora del corazón era necesaria en el caso de Pedro y es necesaria en nuestro caso. La obra de restauración nunca puede ser completa a menos que se llegue a las raíces del mal. Una y otra vez los brotes han sido cortados, mientras se ha dejado la raíz de la amargura para que crezca y contamine a muchos; pero hay que ir a la misma raíz del mal escondido…
Esta es la obra que está delante de cada alma que ha deshonrado a Dios y entristecido el corazón de Cristo al negar la verdad y la justicia. Si el alma examinada soporta el proceso de prueba sin que el yo despierte a la vida sintiéndose herido y ultrajado bajo la prueba, ese cuchillo agudo revela que el alma está realmente muerta al yo, más viva para Dios (Conflicto y valor, p. 322).
La primera obra que Cristo confió a Pedro al restaurarle en su ministerio consistía en apacentar a los corderos. Era una obra en la cual Pedro tenía poca experiencia. Iba a requerir gran cuidado y ternura, mucha paciencia y perseverancia. Le llamaba a ministrar a aquellos que fuesen jóvenes en la fe, a enseñar a los ignorantes, a presentarles las Escrituras y educarlos para ser útiles en el servicio de Cristo. Hasta entonces Pedro no había sido apto para hacer esto, ni siquiera para comprender su importancia. Pero esta era la obra que Jesús le ordenaba hacer ahora. Había sido preparado para ella por el sufrimiento y el arrepentimiento que había experimentado (El Deseado de todas las gentes, pp. 752, 753).
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