Notas de Elena | Martes 28 de julio del 2020 | El Espíritu Santo y la testificación | Escuela Sabática

Martes 28 de julio:

El Espíritu Santo y la testificación
[Esteban] percibió la resistencia que encontraban sus palabras y comprendió que estaba dando su último testimonio. Cuando conectó a Cristo con las profecías y se refirió al templo como él lo había hecho, el sacerdote rompió sus vestidos, pretendiendo estar horrorizado. Para Esteban, esta acción fue un indicio de que su voz quedaría silenciada para siempre. Aunque estaba a la mitad de su sermón, lo concluyó abruptamente… El prisionero leyó su suerte en los rostros crueles que lo rodeaban, pero no flaqueó. El temor de la muerte lo había abandonado. Los sacerdotes rabiosos y la turba embravecida no observaron terror en él. La escena que tenía ante su vista se desvaneció. Para él las puertas del cielo estaban abiertas de par en par, y al mirar hacia adentro vio la gloria de los atrios divinos, y a Cristo, como si acabara de levantarse de su trono, listo para sostener a su siervo que se encontraba a punto de sufrir el martirio por su causa. Entonces Esteban exclamó con palabras triunfantes: “He aquí, veo los cielos abiertos, y al Hijo del Hombre que está a la diestra de Dios”. Hechos 7:56 (Exaltad a Jesús, p. 98).
[Pedro] recapituló los acontecimientos de esa primera reunión con los gentiles diciendo: “Y cuando comencé a hablar, cayó el Espíritu Santo sobre ellos también, como sobre nosotros al principio. Entonces me acordé de lo dicho por el Señor, cuando dijo: Juan ciertamente bautizó en agua, mas vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo. Si Dios, pues, les concedió también el mismo don que a nosotros que hemos creído en el Señor Jesucristo, ¿quién era yo que pudiese estorbar a Dios?”
Los discípulos, al escuchar ese informe, quedaron en silencio, convencidos de que la conducta de Pedro estaba plenamente de acuerdo con el plan de Dios, y que sus antiguos prejuicios y su exclusividad debían ser totalmente desarraigados por el evangelio de Cristo. “Entonces, oídas estas cosas, callaron, y glorificaron a Dios, diciendo: ¡De manera que también a los gentiles ha dado Dios arrepentimiento para vida!” (La historia de la redención, p. 304).
Cristo prometió el don del Espíritu Santo a su iglesia, y la promesa nos pertenece tanto a nosotros como a los primeros discípulos. Pero como toda otra promesa, se da con ciertas condiciones. Son muchos los que profesan creer y atenerse a las promesas del Señor; hablan de Cristo y del Espíritu Santo; mas no reciben beneficio, porque no entregan sus almas a la dirección de los agentes divinos.
No podemos nosotros emplear el Espíritu Santo; el Espíritu es quien nos ha de emplear a nosotros. Por medio del Espíritu, Dios obra en su pueblo “así el querer como el hacer, por su buena voluntad” [Filipenses 2:13]… Únicamente a aquellos que esperan humildemente en Dios, que esperan su dirección y gracia, se da el Espíritu. Esta bendición prometida, pedida con fe, trae consigo todas las demás bendiciones. Se da según las riquezas de la gracia de Cristo, quien está listo para abastecer a toda alma según su capacidad de recepción (Obreros evangélicos, pp. 301, 302).
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NOTAS DE ELENA G. DE WHITE
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