Notas de Elena | Lunes 24 de agosto del 2020 | Actitud correcta | Escuela Sabática

Lunes 24 de agosto: Actitud correcta
Suplicamos a los heraldos del evangelio de Cristo, que nunca se desalienten en la obra y nunca consideren ni aun al pecador más empedernido fuera del alcance de la gracia de Dios. Los tales pueden aceptar la verdad con amor, y llegar a ser la sal de la tierra. El que desvía los corazones de los hombres como se desvían los ríos de agua, puede hacer que el alma más egoísta y endurecida por el pecado se entregue a Cristo. ¿Hay algo demasiado difícil para Dios? “Así será mi palabra”, dice él, “que sale de mi boca; no volverá a mí vacía, sino que hará lo que yo quiero, y será prosperada en aquello para que la envié”. Isaías 55:11 (Testimonios para la iglesia, t. 4, p. 528).
Jesús es atractivo. Está lleno de amor, de misericordia y compasión. Él se ha propuesto ser nuestro Amigo, y caminar con nosotros a través de todos los senderos difíciles de la vida. Él nos asegura: Yo soy el Señor vuestro Dios; caminad conmigo, y llenaré vuestra senda de luz. Jesús, la majestad del cielo, se propone exaltar a un compañerismo consigo a todos los que acudan a él con sus cargas, sus debilidades y sus preocupaciones. Los considerará hijos suyos, y finalmente les dará una herencia más valiosa que los imperios de los monarcas, y una corona de gloria más rica que la que jamás ha adornado la frente del más exaltado de los reyes terrenales (Exaltad a Jesús, p. 92).
Cristo conocía la situación de esta mujer [cananita]. Él sabía que ella anhelaba verle, y se colocó en su camino. Ayudándola en su aflicción, él podía dar una representación viva de la lección que quería enseñar. Para esto había traído a sus discípulos. Deseaba que ellos viesen la ignorancia existente en las ciudades y aldeas cercanas a la tierra de Israel. El pueblo al cual había sido dada toda oportunidad de comprender la verdad no conocía las necesidades de aquellos que le rodeaban. No hacía ningún esfuerzo para ayudar a las almas que estaban en tinieblas…
Recibió a esta representante de una raza despreciada como la habrían recibido los judíos. Con ello quería que sus discípulos notasen la manera fría y despiadada con que los judíos tratarían un caso (El Deseado de todas las gentes, p. 366).
El acto de María era precisamente la lección que necesitaban los discípulos para mostrarles que la expresión de su amor a Cristo le alegraría. Él había sido todo para ellos, y no comprendían que pronto serían privados de su presencia, que pronto no podrían ofrecerle prueba alguna de gratitud por su grande amor. La soledad de Cristo, separado de las cortes celestiales, viviendo la vida de los seres humanos, nunca fue comprendida ni apreciada por sus discípulos como debiera haberlo sido…
[Después] ya no cargaron de reproches a María, sino a sí mismos. ¡Oh, si hubiesen podido recoger sus censuras, su presentación del pobre como más digno del don que Cristo! Sintieron el reproche agudamente cuando quitaron de la cruz el cuerpo magullado de su Señor (Conflicto y valor, p. 307).
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NOTAS DE ELENA G. DE WHITE
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