Notas de Elena | Lección 1 | Los ritmos de la vida | Escuela Sabática

Sábado 30 de marzo:  Los ritmos de la vida

Las obras de Dios en la naturaleza tienen lecciones de sabiduría y dones de sanidad para todos. Las escenas siempre variantes de las temporadas recurrentes presentan constantemente muestras nuevas de su gloria, de su poder y de su amor (Fundamentals of Christian Education, p. 61).

Por su propio ejemplo [Jesús] enseñaba que todo momento del tiempo está cargado de resultados eternos; que ha de apreciarse como un tesoro, y emplearse con propósitos santos. No pasaba por alto a ningún ser humano como indigno, sino que procuraba aplicar a cada alma el remedio salvador. En cualquier compañía donde se encontrase, presentaba una lección apropiada al momento y las circunstancias. Procuraba inspirar esperanza a los más toscos y menos promisorios, presentándoles la seguridad de que podrían llegar a ser sin culpa e inocentes, y adquirir un carácter que los revelase como hijos de Dios. Con frecuencia se encontraba con aquellos que habían caído bajo el dominio de Satanás y no tenían fuerza para escapar de su lazo. A una persona tal, desalentada, enferma, tentada y caída, Jesús dirigía palabras de la más tierna compasión, palabras que eran necesarias y podían ser comprendidas (El Deseado de todas las gentes, p. 70).

Apenas los miembros de la familia humana han empezado a vivir, cuando comienzan a morir, y la labor incesante del mundo termina en la nada a menos que se obtenga un verdadero conocimiento respecto a la vida eterna. El hombre que aprecia el tiempo como su día de trabajo, se preparará para una mansión y una vida inmortales. Vale la pena que él haya nacido.

Se nos amonesta a redimir el tiempo. Pero el tiempo desperdiciado no puede recuperarse jamás. No podemos hacer retroceder ni un solo momento. La única manera en la cual podemos redimir nuestro tiempo es aprovechando lo más posible el que nos queda, colaborando con Dios en su gran plan de redención.

En aquel que hace esto se efectúa una transformación del carácter. Llega a ser hijo de Dios, miembro de la familia real, hijo del Rey celestial. Está capacitado para ser compañero de los ángeles (Palabras de vida del gran Maestro, p. 277).

Toda nuestra vida es preciosa y cada acción debe tenerse en cuenta. Se nos ha otorgado para que podamos cumplir una tarea que el Señor reconocerá como buena, y que durará por la eternidad si nos aferramos a ella con el espíritu correcto…

Cada día, cada hora de vida, desde la infancia hasta la juventud, desde la juventud hasta la adultez, y de allí en adelante hacia la senectud, la historia de nuestra vida se registra fielmente en los libros del  cielo como la placa fotográfica del artista refleja los rasgos de la persona que está posando. Cada día, cada hora trae consigo ventajas que el agente humano debe aumentar. No podemos permitirnos perder un momento efectuando una tarea descuidada para el Señor (Alza tus ojos, p. 289).

Domingo 31 de marzo: En el principio

[En Listra] los apóstoles se esforzaron por impartir a estos idólatras un conocimiento del Dios Creador y de su Hijo, el Salvador de la especie humana. Primero atrajeron su atención a las obras admirables de Dios, que son el sol, la luna y las estrellas, el hermoso orden de las estaciones sucesivas, las altas montañas cubiertas de nieve, los frondosos árboles, y otras varias maravillas de la naturaleza, que demostraban una habilidad que superaba la comprensión humana. Por medio de estas obras del Todopoderoso, los apóstoles dirigieron la mente de los paganos a la contemplación del gran Gobernante del universo (Los hechos de los apóstoles., p. 146).

La germinación de la semilla representa el comienzo de la vida espiritual, y el desarrollo de la planta es una bella figura del crecimiento cristiano. Como en la naturaleza, así también en la gracia no puede haber vida sin crecimiento. La planta debe crecer o morir. Así como su crecimiento es silencioso e imperceptible, pero continuo, así es el desarrollo de la vida cristiana. En cada grado de desarrollo, nuestra vida puede ser perfecta: pero, si se cumple el propósito de Dios para con nosotros, habrá un avance continuo. La santificación es la obra de toda la vida. Con la multiplicación de nuestras oportunidades, aumentará nuestra experiencia y se acrecentará nuestro conocimiento. Llegaremos a ser fuertes para llevar responsabilidades, y nuestra madurez estará en relación con nuestros privilegios (Palabras de vida del gran Maestro, p. 45).

No es por un poder inherente por lo que año tras año produce la tierra sus frutos y sigue en su derrotero alrededor del sol. La mano de Dios guía a los planetas y los mantiene en posición en su marcha ordenada a través de los cielos. Es su poder el que hace que el verano y el invierno, el tiempo de sembrar y de recoger, el día y la noche se sigan uno a otro en sucesión regular. Es por su palabra como florece la vegetación, y como aparecen las hojas y las flores llenas de lozanía. Todo lo bueno que tenemos, cada rayo del sol y cada lluvia, cada bocado de alimento, cada momento de la vida, es un regalo de amor (El discurso maestro de Jesucristo, p. 65).

Todo el cielo observa el sábado, pero no de una manera desatenta y ociosa. En ese día, cada energía del alma debe despertarse; porque ¿no hemos de encontrarnos con Dios y con Cristo nuestro Salvador? Podemos contemplarle por la fe. El anhela refrescar y bendecir toda alma.

Cada uno debe sentir que tiene una parte que desempeñar para hacer interesantes las reuniones del sábado. No hemos de reunirnos simplemente por formalismo, sino para un intercambio de ideas, para relatar nuestra experiencia diaria, para expresar agradecimiento y nuestro sincero deseo de ser iluminados divinamente; para que conozcamos a Dios y a Jesucristo al cual él envió. El platicar juntos acerca de Cristo fortalecerá el alma para las pruebas y conflictos de la vida. Sin embargo, nunca pensemos que podemos ser cristianos y encerrarnos, dentro de nosotros mismos. Cada uno es parte de la gran trama de la humanidad, y su experiencia será mayormente determinada por la experiencia de sus asociados (Testimonios para la iglesia, t. 6, p. 362).

Lunes 1 de abril: Los ritmos de la vida

El poder de Dios se manifiesta en los latidos del corazón, en el funcionamiento de los pulmones, y en el torrente de vida que circula en los mil diferentes canales del cuerpo. Le debemos cada momento de la existencia y todas las comodidades de la vida. Las facultades y las habilidades que ponen al hombre por encima de las criaturas inferiores, son dones del Creador. Nos llena de sus beneficios. Le debemos los alimentos que consumimos, el agua que bebemos, los vestidos que usamos y el aire que respiramos. Sin su providencia especial, la atmósfera estaría llena de pestilencia y veneno. Es un benefactor bondadoso y preservador. El sol que brilla sobre la tierra y glorifica toda la naturaleza, el tenue y solemne resplandor de la luna, la gloria del firmamento tachonado de brillantes estrellas, las lluvias que refrigeran la tierra y permiten que la vegetación florezca, las cosas preciosas de la naturaleza en toda su variada riqueza, los elevados árboles, los arbustos y las plantas, los sembrados ondulantes, el cielo azul, la verde tierra, los cambios del día y la noche, las estaciones sucesivas, todas estas cosas hablan al hombre del amor de su Creador. Nos ha vinculado consigo mediante todas estas señales que ha puesto en el cielo y en la tierra (Hijos e hijas de Dios, p 19).

La obra de nuestra vida aquí debe consistir en prepararnos para la eternidad. No sabemos cuán pronto puede terminar la obra de nuestra vida, y cuán esencial es que nuestra naturaleza baja y pecaminosa sea vencida, y que recibamos la imagen de Cristo. No tenemos tiempo que perder. Necesitamos prepararnos cada día para la eternidad. Se nos concede tiempo en esta vida para buscar la dádiva de la vida eterna. Dios nos ha concedido un tiempo de prueba, y si vivimos nuestros setenta años, ¡cuán corto es este período para obrar nuestra salvación! Comparemos entonces este lapso con la vida que se equipara con la de Dios. Nuestro corto tiempo de prueba puede terminar en cualquier momento. Entonces, cuán fervientes deberíamos ser a fin de asegurarnos un título indiscutible para un hogar en la tierra nueva (Cada día con Dios, p. 115).

Es privilegio del cristiano relacionarse con la Fuente de la luz, y por medio de esa relación viviente llegar a ser la luz del mundo. Los verdaderos seguidores de Cristo andarán en la luz como él está en luz, y por lo tanto no avanzarán por caminos inciertos, ni tropezarán en medio de la oscuridad. El gran Maestro está tratando de que sus oyentes comprendan la bendición que pueden llegar a ser para el mundo, al compararlos con el sol naciente que dispersa la niebla y disipa la oscuridad. La aurora cede su lugar al día. El sol que dora, matiza y glorifica el cielo con sus haces de luz, es un símbolo de la vida cristiana. Así como el sol es luz, vida y bendición para todo ser viviente, los cristianos deberían ser la luz del mundo mediante sus buenas obras, su alegría y su valor. Así como la luz del sol aleja las sombras de la noche para derramar su gloria por valles y colinas, el cristiano debe reflejar el Sol de justicia que resplandece en él (Cada día con Dios, p. 90).

Martes 2 de abril: Lo inesperado

Es necesario que soportemos pruebas, pues mediante ellas se nos acerca a nuestro Padre celestial para que obedezcamos su voluntad y podamos darle una ofrenda en justicia…

El Maestro sabe en dónde necesitamos ser purificados para su reino celestial. No quiere dejarnos en el horno hasta que hayamos sido consumidos del todo. Como un refinador y purificador de plata, contempla a sus hijos, y observa el proceso de purificación hasta que perciba su imagen reflejada en nosotros. Aunque con frecuencia sintamos que la llama de la aflicción se enciende en torno de nosotros, y a veces temamos ser enteramente consumidos, sin embargo, la amante bondad de Dios es tan grande para nosotros en esa oportunidad como cuando experimentamos libertad espiritual y triunfamos en él. El horno debe purificar y refinar, pero no consumir y destruir. En su providencia, Dios nos quiere probar para purificarnos como a los hijos de Leví, a fin de que le ofrezcamos una ofrenda en justicia (Comentarios de Elena G. de White en Comentario bíblico adventista del séptimo día, t. 4, p. 1203).

Muchos cometen un grave error en su vida religiosa al mantener la atención fija en sus sentimientos para juzgar si progresan o si declinan. Los sentimientos no son un criterio seguro… Nuestra única esperanza consiste en mirar a Jesús, “autor y consumador de nuestra fe” Hebreos 12:2 (VIVI) En él está todo lo que puede inspirarnos esperanza, fe y valor. Él es nuestra justicia, nuestro consuelo y regocijo…

Necesitamos confiar en Jesús diariamente, a cada hora. Nos ha prometido que según sea el día, será nuestra fuerza. Por su gracia podremos soportar todas las cargas del momento presente y cumplir sus deberes. Pero muchos se abaten anticipando las dificultades futuras. Están constantemente tratando de imponer las cargas de mañana al día de hoy. Así muchas de sus pruebas son imaginarias. Para los tales, Jesús no hizo provisión. Prometió gracia únicamente para el día. Nos ordena que no nos carguemos con los cuidados y dificultades de mañana; porque “basta al día su afán” (Testimonios para la iglesia, t. 5, p. 186).

No hay nada lóbrego en la religión de Cristo. Si por su actitud de congoja los cristianos dan la impresión de haberse chasqueado en el Señor, presentan una concepción falsa de su carácter, y proporcionan argumentos a sus enemigos. Aunque de palabra llamen a Dios su Padre, su pesadumbre y tristeza los hace parecer huérfanos ante todo el mundo.

Cristo desea que su servicio parezca atractivo, como lo es en verdad. Revélense al Salvador compasivo los actos de abnegación y las pruebas secretas del corazón. Dejemos las cargas al pie de la cruz, y sigamos adelante regocijándonos en el amor del que primeramente nos amó. Los hombres no conocerán tal vez la obra que se hace secretamente entre el alma y Dios, pero se manifestará a todos el resultado de la actuación del Espíritu sobre el corazón, porque él, “que ve en lo secreto, te recompensará en público” (EI discurso maestro de Jesucristo, pp. 75, 76).

Miércoles 3 de abril: Transiciones

Qué humillación representó para Pablo saber que todo el tiempo en que él usó sus facultades contra la verdad, pensando que estaba prestando un servicio a Dios, estaba persiguiendo a Cristo. Cuando el Salvador se reveló ante Pablo en los brillantes rayos de su gloria, quedó lleno de aborrecimiento por su obra y por sí mismo. El poder de la gloria de Cristo podría haberlo destruido; pero Pablo era un prisionero de esperanza. Quedó físicamente ciego por la gloria de la presencia de Aquel a quien había blasfemado; pero eso sucedió para que pudiera tener vista espiritual, para que pudiera ser despertado del letargo que había entorpecido y desvirtuado sus percepciones… Se veía a sí mismo como pecador, completamente perdido, sin el Salvador a quien había estado persiguiendo. En los días y las noches de su ceguera tuvo tiempo para reflexionar, y se rindió ante Cristo sintiéndose impotente y sin esperanza. Solo Cristo podía perdonarlo y revestirlo de justicia (Comentarios de Elena G. de White en Comentario bíblico adventista del séptimo día, t. 6, pp. 1057, 1058).

Debemos recordar que el Señor está preparado para hacer grandes cosas por nosotros, pero nosotros debemos estar preparados para recibirlas vaciando el corazón de toda suficiencia propia y de toda confianza personal. Solo el Señor debe ser exaltado. “Yo honraré a los que me honran” dice él. 1 Samuel 2:30. No necesitamos preocuparnos de que nos reconozcan, porque “el Señor sabe quiénes son los suyos”. Los que no confían en sí mismos, sino que consideran como precaución su propia obra, son aquellos a quienes el Señor revelará su gloria. Emplearán mejor las bendiciones que reciban (Cada día con Dios, p. 298).

Como el viento es invisible y, sin embargo, se ven y se sienten claramente sus efectos, así también obra el Espíritu de Dios en el corazón humano. El poder regenerador, que ningún ojo humano puede ver, engendra una vida nueva en el alma; crea un nuevo ser conforme a la imagen de Dios.

Aunque la obra del Espíritu es silenciosa e imperceptible, sus efectos son manifiestos. Cuando el corazón ha sido renovado por el Espíritu de Dios, el hecho se revela en la vida. Si bien no podemos hacer cosa alguna para cambiar nuestro corazón, ni para ponernos en armonía con Dios; si bien no debemos confiar para nada en nosotros mismos ni en nuestras buenas obras, nuestra vida demostrará si la gracia de Dios mora en nosotros. Se notará un cambio en el carácter, en las costumbres y ocupaciones. El contraste entre lo que eran antes y lo que son ahora será muy claro e inequívoco. El carácter se da a conocer, no por las obras buenas o malas que de vez en cuando se ejecuten, sino por la tendencia de las palabras y de los actos habituales en la vida diaria…

Los que llegan a ser nuevas criaturas en Cristo Jesús producen los frutos de su Espíritu: “amor, gozo, paz, longanimidad, benignidad, bondad, Fidelidad, mansedumbre, templanza”. [Gálatas 5:22, 23]. Ya no se conforman con las concupiscencias anteriores, sino que por la fe siguen las pisadas del Hijo de Dios, reflejan su carácter y se purifican a sí mismos como él es puro (El camino a Cristo. pp. 57, 58).

Jueves 4 de abril: Las interacciones

Dios quiere que los suyos se limpien las manos y purifiquen los corazones. ¿Les traerá desgracia hacer esto? ¿Traerá desgracia a su familia si son bondadosos y pacientes, corteses y tolerantes? Lejos de eso. La bondad que manifiesten a su familia se reflejará sobre ellos. Esta es la obra que debe realizarse en el hogar. Si los miembros de la familia no están dispuestos a morar juntos en armonía allí, no están preparados para morar en la familia que se juntará alrededor del gran trono blanco…

Debemos procurar apartar el pecado de nosotros, descansando en los méritos de la sangre de Cristo, y entonces en el día de la aflicción, cuando el enemigo nos oprima, caminaremos entre los ángeles (in Ileavenly Places, p. 3; parcialmente en: En los lugares celestiales, p. 32).

Hay en la vida tranquila y consecuente de un cristiano puro y verdadero una elocuencia mucho más poderosa que la de las palabras. Lo que un hombre es tiene más influencia que lo que dice.

Los emisarios enviados a Jesús volvieron diciendo que nadie había hablado antes como él. Pero esto se debía a que jamás hombre alguno había vivido como él. De haber sido su vida diferente de lo que fue, no hubiera hablado como habló. Sus palabras llevaban consigo un poder que convencía porque procedían de un corazón puro y santo, lleno de amor y simpatía, de benevolencia y de verdad.

Nuestro carácter y experiencia determinan nuestra influencia en los demás. Para convencer a otros del poder de la gracia de Cristo, tenemos que conocer ese poder en nuestro corazón y nuestra vida. El evangelio que presentamos para la salvación de las almas debe ser el evangelio que salva nuestra propia alma. Solo mediante una fe viva en Cristo como Salvador personal nos resulta posible hacer sentir nuestra influencia en un mundo escéptico. Si queremos sacar pecadores de la corriente impetuosa, nuestros pies deben estar afirmados en la Roca: Cristo Jesús (Ministerio de curación, p. 372).

Mientras más cerca nos mantengamos de Cristo, y mientras más mansos y humildes y desconfiados de nuestro yo seamos, tanto más firme será nuestro apego a Cristo. Cuando esto suceda, mayor será nuestro poder mediante Cristo, para convertir a los pecadores. El agente humano es quien motiva a las almas. Los seres celestiales cooperan con los agentes humanos para grabar la verdad en los corazones. Al morar en Cristo podremos influir sobre los demás a través de la presencia de Aquel que dice: “He aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”. Mateo 28:20. El poder que tenemos para vencer a Satanás es el resultado que Cristo more en nosotros para así hacer su voluntad y las cosas que le agradan (Testimonios para la iglesia, t. 6, p. 399)

Viernes 5 de abril: Para estudiar y meditar

Primeros escritos, “La conversión de Saulo”, pp. 200, 201.

El camino a Cristo, “Cómo lograr una magnífica renovación”, p. 64.

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