Notas de Elena | Domingo 21 de noviembre del 2021 | Mi-yitten | Escuela Sabática

Domingo 21 de noviembre: Mi-yitten
Un solo rasgo malo en el carácter, un solo deseo pecaminoso, persistentemente albergado, neutraliza con el tiempo todo el poder del evangelio. Cada vez que uno cede al pecado, se fortalece la aversión del alma hacia Dios. El hombre que manifiesta un descreído atrevimiento o una estólida indiferencia hacia la verdad, no está sino segando la cosecha de su propia siembra. En toda la Escritura no hay amonestación más terrible contra el hábito de jugar con el mal que estas palabras del sabio: “Prenderán al impío sus propias iniquidades”. Proverbios 5:22.
Cristo está listo para libertamos del pecado, pero no fuerza la voluntad; y si esta, por la persistencia en la transgresión, se inclina por completo al mal, y no deseamos ser libres ni queremos aceptar la gracia de Cristo, ¿qué más puede él hacer? Al rechazar deliberadamente su amor, hemos labrado nuestra propia destrucción. “¡He aquí ahora es el tiempo acepto! ¡he aquí ahora es el día de salvación!” 2 Corintios 6:2. “¡Hoy, si oyereis su voz, no endurezcáis vuestros corazones!” Hebreos 3:7, 8 (El camino a Cristo, p. 34).
Los principios presentados en el libro de Deuteronomio para la instrucción de Israel deben ser seguidos por el pueblo de Dios hasta el fin del tiempo. La verdadera prosperidad depende de que continuemos fíeles a nuestro pacto con Dios. Nunca podemos correr el riesgo de sacrificar los principios aliándonos con los que no le temen.
Existe un peligro constante de que los que profesan ser cristianos lleguen a pensar que a fin de ejercer influencia sobre los mundanos, deben conformarse en cierta medida al mundo. Sin embargo, aunque una conducta tal parezca ofrecer grandes ventajas, acaba siempre en pérdida espiritual. El pueblo de Dios debe precaverse estrictamente contra toda influencia sutil que procure infiltrarse por medio de los halagos provenientes de los enemigos de la verdad. Sus miembros son peregrinos y advenedizos en este mundo, y recorren una senda en la cual les acechan peligros. No deben prestar atención a los subterfugios ingeniosos e incentivos seductores destinados a desviarlos de su fidelidad (Profetas y reyes, p. 417).
Crear el alma de nuevo, sacar luz de las tinieblas, amor de la enemistad y santidad de la impureza, es una obra que solo corresponde al Omnipotente. La obra del Infinito, emprendida con el consentimiento de los seres humanos, para que la vida esté cumplida en Cristo, para infundir perfección al carácter, es la ciencia de la eternidad.
¿Qué honor se le ha conferido a Cristo? Sin emplear la coacción, sin usar métodos de violencia, funde la voluntad del ser humano con la de Dios. Esta es la ciencia de todas las ciencias verdaderas; porque efectúa un cambio extraordinario en la mente y el carácter: es la transformación que debería efectuarse en la vida de todos los que pasan por las puertas de la ciudad de Dios (Mi vida hoy, p. 351).
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NOTAS DE ELENA G. DE WHITE
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