Escuela Sabática | Martes 20 de febrero del 2024 | La prueba del Señor | Lección Adultos

Martes 20 de febrero
LA PRUEBA DEL SEÑOR
Lee Salmos 81:7 y 8; 95:7 al 11; y 105:17 al 22. ¿Qué implica la prueba di- vina en estos textos?
Meriba es el lugar donde Israel puso a prueba a Dios cuando desafió su fide- lidad y su poder para satisfacer sus necesidades (Éxo. 17:1-7; Sal. 95:8, 9). Salmo 81 invierte de manera interesante el mismo acontecimiento, interpretándolo como el momento en que Dios puso a prueba a Israel (Sal. 81:7). Y, por su desobediencia y falta de confianza (Sal. 81:11), el pueblo fracasó en la prueba de Dios.
La referencia a Meriba transmite un doble mensaje. En primer lugar, el pueblo de Dios no debe repetir los errores de las generaciones pasadas. Al contrario, debe confiar en Dios y seguir su camino (Sal. 81:13). En segundo lugar, aunque el pueblo fracasó en la prueba, Dios acudió en su rescate cuando estaba en apuros (Sal. 81:7). La gracia salvadora de Dios en el pasado ofrece garantías acerca de la gracia de Dios a las nuevas generaciones.
El Salmo 105 muestra que las dificultades fueron el medio de Dios para poner a prueba la confianza de José en la Palabra de Dios acerca de su futuro (Gén. 37:5-10; Sal. 105:19). La palabra hebrea tsaraf (‘probó’), en el versículo 19, transmite el sentido de “purgar”, “refinar” o “purificar”. Así, el objetivo de la prueba de Dios sobre la fe de José era eliminar cualquier duda en la promesa de Dios y fortalecer la confianza de José en la conducción de Dios.
El objetivo de la disciplina divina es fortalecer a los hijos de Dios y prepararlos para el cumplimiento de la promesa, como muestra el ejemplo de José (Sal. 105:20-22).
Sin embargo, el rechazo de la instrucción de Dios trae como resultado una terquedad cada vez mayor y el endurecimiento del corazón de una persona obstinada.
“Dios requiere pronta e implícita obediencia a su Ley; pero los hombres están dormidos o paralizados por los engaños de Satanás, quien les sugiere excusas y subterfugios, y vence sus escrúpulos diciendo, como dijo a Eva en el huerto: ‘No moriréis’ (Gén. 3:4). La desobediencia no solo endurece el corazón y la conciencia del culpable, sino también tiende a corromper la fe de los demás. Lo que les parecía muy malo al principio pierde gradualmente esta apariencia al estar constantemente delante de sus ojos, hasta que finalmente dudan de que sea realmente un pecado, e inconscientemente caen en el mismo error” (Elena de White, Testimonios para la iglesia, t. 4, p. 146).
¿Cuál ha sido tu experiencia con la manera en que el pecado endurece el corazón?
¿Por qué debería ese pensamiento llevarnos a la Cruz, donde podemos encontrar el poder para obedecer?
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Narración: Carlos Martín



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