Notas de Elena | Sábado 28 de octubre del 2023 | Excusas para eludir la misión | Escuela Sabática

Sábado de tarde, 28 de octubre
Excusas para eludir la misión
A pesar de lo impía que Nínive había llegado a ser, no estaba completamente entregada al mal. El que «vio a todos los hijos de los hombres» (Salmo 33:13) y cuyos «ojos vieron todo lo preciado» (Job 28:10) percibió que en aquella ciudad muchos procuraban algo mejor y superior, y que, si se les concedía oportunidad de conocer al Dios viviente, renunciarían a sus malas acciones y le adorarían. De manera que en su sabiduría Dios se les reveló en forma inequívoca, para inducirlos, si era posible, a arrepentirse.
El instrumento escogido para esta obra fue el profeta Jonás, hijo de Amitai. El Señor le dijo: «Levántate, y ve a Nínive, ciudad grande, y pregona contra ella; porque su maldad ha subido delante de mí». Jonás 1:1, 2.
Mientras el profeta pensaba en las dificultades e imposibilidades aparentes de lo que se le había encargado, se sintió tentado a poner en duda la prudencia del llamamiento. Desde un punto de vista huma-no, parecía que nada pudiera ganarse proclamando un mensaje tal en aquella ciudad orgullosa. Se olvidó por el momento de que el Dios a quien servía era omnisciente y omnipotente. Mientras vacilaba y seguía dudando, Satanás le abrumó de desaliento. El profeta fue dominado por un gran temor, y «se levantó para huir de la presencia de Jehová a Tarsis.» Fue a Jope, encontró allí un barco a punto de zarpar y «pagando su pasaje entró en él, para irse con ellos». Vers. 3 (Profetas y reyes, pp. 198, 199).
Cuando en lo antiguo Dios daba luz a su pueblo, no obraba exclusivamente por una sola categoría de individuos. Daniel era príncipe de Judá. Isaías era también de estirpe real. David y Amós eran pastores de ganado; Zacarías era un cautivo vuelto de Babilonia; Eliseo era labrador. El Señor suscitaba como representantes suyos a profetas y príncipes, nobles y plebeyos, y les enseñaba las verdades que debían transmitir al mundo.
A todo aquel que llega a ser partícipe de su gracia, el Señor le señala una obra que hacer en favor de los demás. Cada cual ha de ocupar su puesto, diciendo: «Heme aquí, envíame a mí.» Isaías 6:8. Al ministro de la Palabra, al enfermero misionero, al médico creyente, al simple cristiano, sea negociante o agricultor, profesional o mecánico, a todos incumbe la responsabilidad. Es tarea nuestra revelar a los hombres el evangelio de su salvación. Toda empresa en que nos empeñemos debe servirnos de medio para dicho fin.
Los que emprendan la obra que les fue señalada no solo serán fuente de bendición para otros, sino que ellos mismos serán bendecidos. El sentido del deber cumplido influirá de modo reflejo en sus almas. El desalentado olvidará su desaliento, el débil se volverá fuerte, el ignorante, inteligente, y todos encontrarán ayuda segura en Aquel que los llamó (El ministerio de curación, p. 106, 107).
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Narración: Adan Vicente



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