PARA ESTUDIAR Y MEDITAR: Lee “El buen samaritano” y “ ‘Estos mis hermanos pequeñitos’ ”, El Deseado de todas las gentes, pp. 460-466; 592-597.
“En nuestro derredor hay pobres almas probadas que necesitan palabras de simpatía y acciones serviciales. Hay viudas que necesitan simpatía y ayuda. Hay huérfanos a quienes Cristo ha encargado a sus servidores que los reciban como una custodia de Dios. […] Son miembros de la gran familia de Dios, y los cristianos, como mayordomos suyos, son responsables por ellos. ‘Sus almas –dice–, demandaré de tu mano’ ” (PVGM 318, 319).
“No es la magnitud de la obra que hacemos, sino el amor y la fidelidad con que la realizamos lo que merece la aprobación del Salvador” (ELC 327).
PREGUNTAS PARA DIALOGAR:
1. A primera vista, la parábola de las ovejas y los cabritos parece enseñar que la salvación es por obras; es decir, que cuantas más obras buenas realicemos, mayor será la probabilidad de que entremos en el Reino de Dios. Pero, la sorpresa de los salvados revela que no demostraron amor a fin de obtener méritos. Jesús enseñó claramente que la vida eterna es el resultado de creer en él (Juan 3:15; 6:40, 47; 11:25, 25). Los verdaderos actos de amor son la evidencia, no la causa, de la salvación. ¿Cómo podemos esforzarnos por actuar con amor mientras que, al mismo tiempo, evitamos la trampa de pensar que estamos haciendo estas cosas a fin de ganar nuestro derecho al cielo? ¿Por qué es necesario que siempre hagamos la distinción entre el fruto de nuestra salvación y los medios para obtenerla?
2. Una cosa es amar a tus “enemigos” cuando solamente son criaturas antipáticas y molestas, tales como compañeros de trabajo difíciles, conocidos maleducados o vecinos desagradecidos. Eso es suficientemente difícil. Pero ¿qué sucede con los verdaderos enemigos, personas que te han hecho daño o que deseaban hacerles mal, a ti o a tu familia? ¿Cómo podemos amarlos? ¿Qué consuelo puede haber, si es que lo hay, en el hecho de que no se nos manda amarlos “como a ti mismo”?
3. Las personas pueden discutir con nosotros sobre nuestra teología, nuestra doctrina, nuestro estilo de vida; prácticamente, cualquier cosa. Pero ¿quién puede argumentar contra el amor abnegado y desinteresado? El amor abnegado revela un poder que trasciende todo argumento racional o lógico. ¿De qué manera podemos aprender a expresar este amor, sin importar el costo personal que nos pueda significar?
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