Notas de Elena | Sábado 5 de agosto 2017 | El camino de la fe | Escuela Sabática

Sábado 5 de agosto

Muchos de los israelitas consideraban que el ceremonial de los sacrificios tenía virtud en sí mismo para libertarlos del pecado. Dios deseaba enseñarles que no tenía más valor que la serpiente de bronce. Debía dirigir su atención al Salvador. Ya fuese para curar sus heridas, o perdonar sus pecados, no podían hacer nada por sí mismos, sino manifestar su fe en el don de Dios. Habían de mirar y vivir…

Hay hoy día miles que necesitan aprender la misma verdad que fue enseñada a Nicodemo por la serpiente levantada. Confían en que su obediencia a la ley de Dios los recomienda a su favor. Cuando se los invita a mirar a Jesús y a creer que él los salva únicamente por su gracia, exclaman: “¿Cómo puede esto hacerse?”

Como Nicodemo, debemos estar dispuestos a entrar en la vida de la misma manera que el primero de los pecadores. Fuera de Cristo, “no hay otro nombre debajo del cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos” (Hechos 4:12). Por la fe, recibimos la gracia de Dios; pero la fe no es nuestro Salvador. No nos gana nada. Es la mano por la cual nos asimos de Cristo y nos apropiamos sus méritos, el remedio por el pecado (El Deseado de todas las gentes, pp. 146, 147).

Hay profundos misterios en la Palabra de Dios, hay misterios en sus providencias, y misterios en el plan de salvación que el hombre no puede sondear. Pero la mente limitada —fuerte en su deseo de satisfacer la curiosidad y resolver los problemas del infinito— des-cuida seguir el sencillo curso indicado por la voluntad revelada de Dios, y trata de enterarse de los secretos ocultos desde la fundación del mundo. El hombre elabora sus teorías, pierde la sencillez de la fe verdadera, se vuelve demasiado arrogante para creer las declaraciones del Señor, y se circunda con sus propias vanaglorias.

Muchos que profesan ser hijos de Dios están en esta situación. Son débiles porque confían en su propia fuerza. Dios obra poderosamente para la gente fiel que obedece su Palabra sin preguntas ni dudas. La Majestad del cielo, con su ejército de ángeles, arrasó los muros de Jericó delante de su pueblo. Los guerreros armados de Israel no tenían por qué gloriarse en sus proezas. Todo se hizo mediante el poder de Dios. Que la gente abandone todo deseo de exaltación propia, que se someta humildemente a la voluntad divina, y otra vez Dios manifestará su poder y proporcionará libertad y victoria a sus hijos (Comentarios de Elena G. de White en Comentario bíblico adventista del séptimo día, t. 2, p. 989).

Una religión formalista no basta para poner el alma en armonía con Dios. La ortodoxia rígida e inflexible de los fariseos, sin contrición, ni ternura ni amor, no era más que un tropiezo para los peca-dores. Se asemejaban ellos a sal que hubiera perdido su sabor; por-que su influencia no tenía poder para proteger al mundo contra la corrupción. La única fe verdadera es la que “obra por el amor” (Gálatas 5:6) para purificar el alma. Es como una levadura que transforma el carácter (El discurso maestro de Jesucristo, p. 49).

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