Notas de Elena | Sábado 4 de noviembre 2017 | Adán y Jesús | Escuela Sabática

Sábado 4 de noviembre

El unigénito Hijo de Dios era el único que podía librar a los que estaban sujetos a Satanás por el pecado de Adán.
El Hijo de Dios accedió a que Satanás ensayara todas sus estratagemas contra Él. El enemigo había tentado a los ángeles en el cielo y después al primer Adán. Este cayo, y Satanás supuso que tendría éxito en entrampar a Cristo después que el asumiera la humanidad. Toda la hueste contemplo esta lucha como la oportunidad de obtener la supremacía sobre Cristo. Habían anhelado tener la ocasión de mostrar su enemistad contra Dios. Cuando los labios del Maestro fueron sellados por la muerte, Satanás y sus ángeles imaginaron que habían obtenido la victoria…
En esta lucha mortal el Hijo de Dios podía depender únicamente de su Padre celestial; todo fue por la fe. El mismo era el rescate, el don dado para la liberación de los cautivos. Por su propio brazo había traído salvación a los hijos de los hombres, pero ¡a que costo para sí mismo! (Alza tus ojos, p. 355).
Cuando Dios perdona al pecador, le condona el castigo que merece y lo trata como si no hubiera pecado, lo recibe dentro del favor divino y lo justifica por los méritos de la justicia de Cristo. El pecador solo puede ser justificado mediante la fe en la expiación efectuada por el amado Hijo de Dios, que se convirtió en un sacrificio por los pecados del mundo culpable. Nadie puede ser justificado por ninguna clase de obras propias. Puede ser liberado de la culpabilidad del pecado, de la condenación de la ley, del castigo de la transgresión solo por virtud de los sufrimientos, muerte y resurrección de Cristo. La fe es la clínica condición por la cual se puede obtener la justificación, y la fe implica no solo creer, sino confiar…
La fe que es para salvación no es una fe casual, no es el mero consentimiento del intelecto; es la creencia arraigada en el corazón que acepta a Cristo como a un Salvador personal… Cuando el alma se aferra de Cristo como de la única esperanza de salvación, entonces se manifiesta la fe genuina. Esa fe induce a su poseedor a colocar todos los afectos del alma en Cristo (A fin de conocerlo, pp. 110, 111).
Habrá paz, constante paz fluyendo del alma, porque el reposo se encuentra en la perfecta sumisión a Jesucristo. La obediencia a la voluntad de Dios genera verdadero descanso. El discípulo que anda en los humildes pasos del Redentor, encuentra el reposo que el mundo no puede darle ni quitarle. “Tú le guardaras en completa paz, cuyo pensamiento en ti persevera; porque en ti se ha confiado”. Isaías 2 6 : 3 (Mente, carácter y personalidad, t. 2, p. 833).

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