Sábado 13 de septiembre

Cristo fue investido con el derecho de dar inmortalidad. La vida que había depuesto en su humanidad, la tomó de nuevo y la dio a la humanidad. Dice: “Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia” (Juan 10:10). “El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero” (Juan 6:54). “El que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna” (Juan 4:14).
Todos los que son uno con Cristo mediante la fe en él, obtienen una experiencia que es vida para vida eterna. “Como me envió el Padre viviente, y yo vivo por el Padre, asimismo el que me come, él también vivirá por mí” (Juan 6:57). El, “en mí permanece, y yo en él” (Juan 6:56). “Yo le resucitaré en el día postrero” (Juan 6:54). “Porque yo vivo, vosotros también viviréis” (Juan 14:19).
Cristo llegó a ser uno con la humanidad, para que la humanidad pudiera llegar a ser una en espíritu y en vida con él. En virtud de esa unión, en obediencia a la Palabra de Dios, la vida de Cristo llega a ser la vida de la humanidad. Él dice al penitente: “Yo soy la resurrección y la vida” (Juan 11:25). La muerte es considerada por Cristo como un sueño: silencioso y oscuro sueño. Habla de ella como si fuera de poca importancia. “Todo aquel que vive y cree en mí –dice él– no morirá eternamente” (Juan 11:26). “El que guarda mi palabra, nunca sufrirá muerte” (Juan 8:52). “Nunca verá muerte” (Juan 8:51). Y para el creyente la muerte reviste poca importancia. Para él morir no es sino dormir. “También traerá Dios con Jesús a los que durmieron en él” (1 Tesalonicenses 4:14) (Mensajes selectos, tomo 1, pp. 355, 356).
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