Miércoles 9 de julio: La naturaleza divina de Cristo
La obra del cielo no cesa nunca, y los hombres no debieran nunca descansar de hacer bien. El sábado no está destinado a ser un período de inactividad inútil. La ley prohíbe el trabajo secular en el día de reposo del Señor; debe cesar el trabajo con el cual nos ganamos la vida; ninguna labor que tenga por fin el placer mundanal o el provecho es lícita en ese día; pero como Dios abandonó su trabajo de creación y descansó el sábado y lo bendijo, el hombre ha de dejar las ocupaciones de su vida diaria, y consagrar esas horas sagradas al descanso sano, al culto y a las obras santas. La obra que hacía Cristo al sanar a los enfermos estaba en perfecta armonía con la Ley. Honraba el sábado.
Jesús aseveró tener derechos iguales a los de Dios mientras hacía una obra igualmente sagrada, del mismo carácter que aquella en la cual se ocupaba el Padre en el cielo. Pero esto airó aún más a los fariseos. No solo había violado la ley, a juicio de ellos, sino que al llamar a Dios “mi Padre”, se había declarado igual a Dios.
Toda la nación judía llamaba a Dios su Padre, y por lo tanto no se habrían enfurecido si Cristo hubiese dicho tener esa misma relación con Dios. Pero le acusaron de blasfemia, con lo cual demostraron entender que él hacía este aserto en su sentido más elevado.
Estos adversarios de Cristo no tenían argumento con que hacer frente a las verdades que presentaba a su conciencia. Lo único que podían citar eran sus costumbres y tradiciones, y éstas parecían débiles cuando se comparaban con los argumentos que Jesús había sacado de la Palabra de Dios y del incesante ciclo de la naturaleza. Si los rabinos hubieran sentido algún deseo de recibir la luz, se habrían convencido de que Jesús decía la verdad.
Pero evadieron los puntos que él presentaba acerca del sábado y trataron de excitar iras contra él porque aseveraba ser igual a Dios. El furor de los gobernantes no conoció límites. Si no hubiesen temido al pueblo, los sacerdotes y rabinos habrían dado muerte a Jesús allí mismo. Pero el sentimiento popular en su favor era fuerte. Muchos reconocían en Jesús al amigo que había sanado sus enfermedades y consolado sus pesares, y justificaban la curación del enfermo de Betesda. Así que por el momento los dirigentes se vieron obligados a refrenar su odio (El Deseado de todas las gentes, p. 177, 178).
Aunque Jesús daba evidencias de su poder divino, constantemente los gobernantes lo interrumpían para intentar que no pudiera enseñar sus lecciones, ideas y doctrinas de una manera coherente. Sin embargo, a pesar de las interrupciones, la luz brillaba en la mente de centenares de sus oyentes, los que quedaban encantados con sus enseñanzas revestidas de poder. Pero los dirigentes se enfurecían y lo insultaban diciendo: “¿No decimos bien nosotros, que tú eres samaritano, y que tienes demonio?” (S. Juan 8:48). Con calmada dignidad Jesús les hizo saber que los pactos hechos con Abraham habían sido prometidos por él mismo, y les declaró: “Antes que Abraham fuese, yo soy” (vers. 58).
La furia de los judíos no conoció límites y se prepararon para apedrearle; pero los ángeles de Dios, sin ser vistos, lo sacaron de en medio de ellos (Signs of the Times, 26 de mayo de 1890).

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Notas de Elena - Escuela Sabática Tercer trimestre 2014

Notas de Elena – Escuela Sabática Tercer trimestre 2014

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Lección Diaria

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