Miércoles 6 de agosto: La oración
La vida de Cristo fue una vida de oración; y él es nuestro ejemplo.
Sí, el Hijo de Dios, igual al Padre, fuente de toda bendición, con una voz que podía reprender la enfermedad y la tempestad y llamar los muertos a la vida, oraba con clamor y lágrimas. A menudo pasaba la noche en oración. Mientras las ciudades dormitaban, los ángeles podían escuchar los ruegos del Redentor, quien oraba con su alma atribulada, no por él sino por aquellos a quienes había venido a salvar. En las colinas de Galilea, o en el Monte de las Olivas, el Amado de Dios oraba por los pecadores.
Entonces regresaba para ministrar por ellos y predicarles con la voz renovada por el fuego viviente (Signs of the Times, 5 de septiembre de 1900).
Como estaba revestido de humanidad, sentía la necesidad de la fuerza de su Padre. Tenía lugares selectos para orar. Se deleitaba en mantenerse en comunión con su Padre en la soledad de la montaña. En este ejercicio, su alma santa y humana se fortalecía para afrontar los deberes y las pruebas del día. Nuestro Salvador se identifica con nuestras necesidades y debilidades, porque elevó sus súplicas nocturnas para pedir al Padre nuevas reservas de fuerza, a fin de salir vigorizado y refrigerado, fortalecido para arrostrar el deber y la prueba. Él es nuestro ejemplo en todo. Se hermana con nuestras flaquezas, pero no alimenta pasiones semejantes a las nuestras. Como no pecó, su naturaleza rehuía el mal. Soportó luchas y torturas del alma en un mundo de pecado. Dado su carácter humano, la oración era para él una necesidad y un privilegio. Requería el más poderoso apoyo y consuelo divino que su Padre estuviera dispuesto a impartirle a él que, para beneficio del hombre, había dejado los goces del cielo y elegido por morada un mundo frío e ingrato. Cristo halló consuelo y gozo en la comunión con su Padre. Allí podía- descargar su corazón de los pesares que lo abrumaban. Era Varón de dolores y experimentado en quebranto […].
Si el Salvador de los hombres, a pesar de su fortaleza divina, necesitaba orar, ¡cuánto más debieran los débiles y pecaminosos mortales sentir la necesidad de orar con fervor y constancia! (Joyas de los testimonios, 1.1, p. 218, 219).
El camino hacia el trono de Dios siempre está abierto. No podéis estar continuamente arrodillados en oración, pero vuestras peticiones silenciosas pueden ascender constantemente a Dios en busca de fuerza y dirección. Al ser tentados, podéis huir al lugar secreto del Altísimo. Sus brazos eternos os rodearán.
Nos acercamos a Dios por invitación especial, y él nos espera para darnos la bienvenida a su sala de audiencia… Podemos ser admitidos a la intimidad y comunión más estrecha con Dios.
Orad con corazones humildes. Buscad a menudo al Señor en oración.
Solamente en el lugar secreto el ojo ve a Jesús y el oído se abre para él. Saldréis del lugar secreto de oración para morar bajo la sombra del Omnipotente. Vendrán las tentaciones, pero os pondréis cada vez más cerca al lado de Jesús y pondréis vuestras manos en las suyas. Tendréis una rica experiencia, descansando en su amor y gozándoos en su misericordia. Las preocupaciones, perplejidades y cuidados se han ido, y os regocijáis en Jesucristo. El alma está pronta para oír la voz del Padre y tendréis la comunión con Dios (En lugares celestiales, p. 86).
Son pocos los que aprecian o aprovechan debidamente el precioso privilegio de la oración. Debemos ir a Jesús y explicarle todas nuestras necesidades. Podemos presentarle nuestras pequeñas cuitas y perplejidades, como también nuestras dificultades mayores. Debemos llevar al Señor en oración cualquier cosa que se suscite para perturbarnos o angustiarnos (Joyas de los testimonios, t. 2, p. 60).

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