Miércoles 30 de julio: El vestido de boda
Cuando el rey vino a ver a los convidados, se reveló el verdadero carácter de todos. Para cada uno de los convidados a la fiesta se había provisto un vestido de boda. Este vestido era un regalo del rey. Al usarlo, los convidados mostraban su respeto por el dador de la fiesta. Pero un hombre estaba aun vestido con sus ropas comunes. Había rehusado hacer la preparación requerida por el rey. Desdeñó usar el manto provisto para él a gran costo.
De esta manera insultó a su señor. A la pregunta del rey: “¿Cómo entraste aquí no teniendo vestido de boda?” no pudo contestar nada. Se condenó a sí mismo. Entonces el rey dijo: “Atadlo de pies y de manos, tomadle, y echadle en las tinieblas de afuera’.
El examen que de los convidados a la fiesta hace el rey, representa una obra de juicio. Los convidados a la fiesta del evangelio son aquellos que profesan servir a Dios, aquellos cuyos nombres están escritos en el libro de la vida. Pero no todos los que profesan ser cristianos son verdaderos discípulos. Antes que se dé la recompensa final, debe decidirse quiénes son idóneos para compartir la herencia de los justos. Esta decisión debe hacerse antes de la segunda venida de Cristo en las nubes del cielo; porque cuando él venga, traerá su galardón consigo, “para recompensar a cada uno según fuere su obra”. Antes de su venida, pues, habrá sido determinado el carácter de la obra de todo hombre, y a cada uno de los seguidores de Cristo le habrá sido fijada su recompensa de acuerdo con sus obras […].
El vestido de boda de la parábola representa el carácter puro y sin mancha que poseerán los verdaderos seguidores de Cristo.
A la iglesia “le fue dado que se vista de lino fino, limpio y brillante”, “que no tuviese mancha, ni arruga, ni cosa semejante”. El lino fino, dice la Escritura, “son las justificaciones de los santos.
Es la justicia de Cristo, su propio carácter sin mancha, que por la fe se imparte a todos los que lo reciben como Salvador personal […]. Únicamente el manto que Cristo mismo ha provisto puede hacernos dignos de aparecer ante la presencia de Dios. Cristo colocará este manto, esta ropa de su propia justicia sobre cada alma arrepentida y creyente. “Yo te amonesto que de mí compres […]. vestiduras blancas, para que no se descubra la vergüenza de tu desnudez”.
Este manto, tejido en el telar del cielo, no tiene un solo hilo de invención humana. Cristo, en su humanidad, desarrolló un carácter perfecto, y ofrece impartirnos a nosotros este carácter […].
Por su perfecta obediencia ha hecho posible que cada ser humano obedezca los mandamientos de Dios. Cuando nos sometemos a Cristo, el corazón se une con su corazón, la voluntad se fusiona con su voluntad, la mente llega a ser una con su mente, los pensamientos se sujetan a él; vivimos su vida. Esto es lo que significa estar vestidos con el manto de su justicia. Entonces, cuando el Señor nos contempla, él ve no el vestido de hojas de higuera, no la desnudez y deformidad del pecado, sino su propia ropa de justicia, que es la perfecta obediencia a la Ley de Jehová (Palabras de vida del Gran Maestro, p. 251-254).
Ninguna obra que el pecador pueda hacer es eficaz para salvar su alma. La obediencia y las buenas obras son requeridas por el Creador porque él ha dotado al ser humano con los atributos para que le sirva. Pero las buenas obras no pueden ganar la salvación porque es imposible que el ser humano se salve a sí mismo. Algunos pueden confundirse con relación a este tema, pero es la verdad: solo la justicia de Cristo puede salvarlos, y es un don gratuito de Dios. Es el vestido de bodas con el que se nos dará la bienvenida a la cena de bodas del Cordero. Recibamos por la fe a Cristo, sin demora, para ser nuevas criaturas que sean una luz para el mundo (Review and Herald, 20 de diciembre de 1892).

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