Notas de Elena | Miércoles 22 de noviembre 2017 | El hombre de Romanos 7 | Escuela Sabática

Miércoles 22 de noviembre: El hombre de Romanos 7
No basta comprender la amante bondad de Dios ni percibir la benevolencia y ternura paternal de su carácter. No basta discernir la sabiduría y justicia de su ley, ver que está fundada sobre el eterno principio del amor. El apóstol Pablo veía todo esto cuando exclamó: “Consiento en que la ley es buena,” “la ley es santa, y el mandamiento, santo y justo y bueno;” mas, en la amargura de su alma agonizante y desesperada, añadió: “Soy camal, vendido bajo el poder del pecado” (Romanos 7:16,12, 14). Ansiaba la pureza, la justicia que no podía alcanzar por sí mismo, y dijo: “¡Oh hombre infeliz que soy! ¿Quién me libertará de este cuerpo de muerte?” (Romanos 7:24). La misma exclamación ha subido en todas partes y en todo tiempo, de corazones cargados. Para todos ellos hay una sola contestación: “¡He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo!” (Juan 1:29) (El camino a Cristo, p. 19).
Cuando el pecador, atraído por el poder de Cristo, se acerca a la cruz levantada y se postra delante de ella, se realiza una nueva creación. Se le da un nuevo corazón; llega a ser una nueva criatura en Cristo Jesús. La santidad encuentra que no hay nada más que requerir. Dios mismo es “el que justifica al que es de la fe de Jesús”. Y “a los que justificó, a éstos también glorificó” (Romanos 3:26; 8:30). Si bien es cierto que son grandes la vergüenza y la degradación producidas por el pecado, aún mayores serán el honor y la exaltación mediante el amor redentor. A los seres humanos que se esfuerzan por estar en conformidad con la imagen divina, se les imparte algo del tesoro celestial, una excelencia de poder que los colocará aún por encima de los ángeles que nunca han caído (Palabras de vida del gran Maestro, p. 127).
Los que creen en Cristo y guardan sus mandamientos no están bajo las ataduras de la ley de Dios; porque para los que creen y obedecen, su ley no es una ley de servidumbre sino de libertad. Todo el que cree en Cristo, todo el que se apoya en el poder guardador del Salvador resucitado, quien sufrió la pena pronunciada sobre el transgresor, todo el que resiste la tentación y en medio del mal imita el patrón otorgado en la vida de Cristo, por medio de la fe en el sacrificio expiatorio de Cristo podrá participar en la naturaleza divina, habiendo huido de la corrupción que está en el mundo por concupiscencia. Todo el que por fe obedece los mandamientos de Dios alcanzará la condición sin pecado en que vivía Adán antes de su transgresión (In Heavenly Places, p. 146; parcialmente en En los lugares celestiales, p. 148).
Pablo siempre mantuvo presente la corona de la vida que habría de recibir, y no solo él, sino también todos los que aman la venida de Cristo. Pero lo que para él hacía tan deseable la corona de la vida era la victoria que podía recibir por medio de Jesucristo. Jesús no desea que ambicionemos la recompensa, sino que tengamos la ambición de rea-lizar la voluntad de Dios porque es su voluntad, sin tomar en cuenta la recompensa que hayamos de recibir (Exaltad a Jesús, p. 337).

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