Miércoles 17 de septiembre: Lo que dijo Jesús sobre el infierno

En la parábola del hombre rico y Lázaro, Cristo muestra que los hombres deciden su destino eterno en esta vida. La gracia de Dios se ofrece a cada alma durante este tiempo de prueba. Pero si los hombres malgastan sus oportunidades en la complacencia propia, pierden la vida eterna. No se les concederá ningún tiempo de gracia complementario. Por su propia elección han constituido una gran sima entre ellos y su Dios…
Cristo desea que sus oyentes comprendan que es imposible que el hombre obtenga la salvación del alma después de la muerte. “Hijo –se le hace responder a Abrahán– acuérdate que recibiste tus bienes en tu vida, y Lázaro también males, mas ahora éste es consolado aquí, y tú atormentado. Y además de esto, una grande sima está constituida entre nosotros y vosotros, que los que quisieran pasar de aquí a vosotros no pueden, ni de allá pasar acá”. Así Cristo presentó lo irremediable y desesperado que es buscar un segundo tiempo de gracia. Esta vida es el único tiempo que se le ha concedido al hombre para que en él se prepare para la eternidad (Palabras de vida del Gran Maestro, pp. 204-207).
Cuando la voz de Dios despierte a los muertos, él saldrá del sepulcro con los mismos apetitos y pasiones, los mismos gustos y aversiones que poseía en la vida. Dios no hará ningún milagro por regenerar al hombre que no quiso ser regenerado cuando se le concedió toda oportunidad y se le proveyó toda felicidad para ello. Mientras vivía no halló deleite en Dios, ni halló placer a su servicio. Su carácter no se halla en armonía con Dios y no podrá ser feliz en la familia celestial.
Hoy día existe una clase de personas en nuestro mundo que tienen la justicia propia. No son comilones, no son borrachos, no son incrédulos; pero quieren vivir para sí mismos, no para Dios. Él no se halla en sus pensamientos; por consiguiente se los califica con los incrédulos. Si les fuera posible entrar por las puertas de la ciudad de Dios, no podrían tener derecho al árbol de la vida; porque cuando los mandamientos de Dios fueron presentados ante ellos con todos sus requerimientos dijeron: No. No han servido a Dios aquí; por consiguiente no lo servirían en el futuro. No podrían vivir en su presencia, y no se sentirían a gusto en ningún lugar del cielo. Aprender de Dios significa recibir su gracia, la cual es su carácter. Pero aquellos que no aprecian ni aprovechan las preciosas oportunidades y las sagradas influencias que le son concedidas en la tierra, no están capacitados para tomar parte en la devoción pura del cielo. Su carácter no está moldeado de acuerdo con la similitud divina. Por su propia negligencia han formado un abismo que nada puede salvar. Entre ellos y la justicia se ha formado una gran sima (Palabras de vida del Gran Maestro, pp. 214, 215).
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