Miércoles 16 de abril:
Los preceptos de los hombres
“Hipócritas -dijo, dirigiéndose a los astutos espías- bien profetizó de vosotros Isaías, diciendo: Este pueblo de labios me honra; mas su corazón lejos está de mí. Mas en vano me honran, enseñando doctrinas y mandamientos de hombres”. Las palabras de Cristo eran una requisitoria contra el farisaísmo. El declaró que al poner sus requerimientos por encima de los principios divinos, los rabinos se ensalzaban más que a Dios.
Los diputados de Jerusalén se quedaron llenos de ira. No pudieron acusar a Cristo como violador de la ley dada en el Sinaí, porque hablaba como quien la defendía contra sus tradiciones.
Los grandes preceptos de la ley, que él había presentado, se destacaban en sorprendente contraste frente a las mezquinas reglas que los hombres habían ideado.
A la multitud, y más tarde con mayor plenitud a sus discípulos, Jesús explicó que la contaminación no proviene de afuera, sino de adentro. La pureza e impureza se refieren al alma. Es la mala acción, la mala palabra, el mal pensamiento, la transgresión de la ley de Dios, y no la negligencia de las ceremonias externas ordenadas por los hombres, lo que contamina a un hombre.
Los discípulos notaron la ira de los espías al ver desenmascarada su falsa enseñanza. Vieron sus miradas airadas y oyeron las palabras de descontento y venganza que murmuraban. Olvidándose de cuán a menudo Cristo había dado pruebas de que leía el corazón como un libro abierto, le hablaron del efecto de sus palabras. Esperando que él conciliaría a los enfurecidos magistrados, dijeron a Jesús: “¿Sabes que los fariseos oyendo esta palabra se ofendieron?”
Él contestó: “Toda planta que no plantó mi Padre celestial, será desarraigada”. Las costumbres y tradiciones tan altamente apreciadas por los rabinos eran de este mundo, no del cielo. Por grande que fuese su autoridad sobre la gente, no podían soportar la prueba de Dios. Cada invención humana que haya substituido los mandamientos de Dios, resultará inútil en aquel día en que “Dios traerá toda obra a juicio, el cual se hará sobre toda cosa oculta, buena o mala”.
La substitución de los mandamientos de Dios por los preceptos de los hombres no ha cesado. Aun entre los cristianos, se encuentran instituciones y costumbres que no tienen mejor fundamento que la tradición de los padres. Tales instituciones, al descansar sobre la sola autoridad humana, han suplantado a las de creación divina. Los hombres se aferran a sus tradiciones, reverencian sus costumbres y alimentan odio contra aquellos que tratan de mostrarles su error. En esta época, cuando se nos pide que llamemos la atención a los mandamientos de Dios y la fe de Jesús, vemos la misma enemistad que se manifestó en los días de Cristo. Acerca del último pueblo de Dios, está escrito: “El dragón fue airado contra la mujer; y se fue a hacer guerra contra los otros de la simiente de ella, los cuales guardan los mandamientos de Dios, y tienen el testimonio de Jesucristo” (El Deseado de todas las gentes, p. 362, 363).

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Notas de Elena Segundo trimestre 2014 Escuela Sabática

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Lección Diaria

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