Miércoles 14 de enero: “No hurtarás”
El espíritu de justificación propia tuvo su origen en el padre de la mentira y ha sido exhibido por todos los hijos e hijas de Adán.
Las confesiones de esta clase no son inspiradas por el Espíritu divino y no serán aceptables para Dios. El arrepentimiento verdadero induce al hombre a reconocer su propia maldad, sin engaño ni hipocresía. Como el pobre publicano que no osaba ni aun alzar sus ojos al cielo, exclamará: “Dios, ten misericordia de mí, pecador”, y los que reconozcan así su iniquidad serán justificados, porque Jesús presentará su sangre en favor del alma arrepentida […].
El corazón humilde y quebrantado, enternecido por el arrepentimiento genuino, apreciará algo del amor de Dios y del costo del Calvario; y como el hijo se confiesa a un padre amoroso, así presentará el que esté verdaderamente arrepentido todos sus pecados delante de Dios. “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonarnos nuestros pecados, y limpiarnos de toda iniquidad” (1 Juan 1:9), (El camino a Cristo, p. 40, 41).
Hay quienes tienen éxito momentáneo en la lucha contra su egoísta deseo de placer y comodidad. Son sinceros y fervientes, pero se cansan de los esfuerzos prolongados, del morir diariamente, de la lucha incesante. La indolencia parece atrayente, la muerte al yo repulsiva; cierran sus soñolientos ojos, y caen bajo el poder de la tentación en vez de resistir a ella.
Las instrucciones escritas en la Palabra de Dios no dejan lugar para la condescendencia con el mal. El Hijo de Dios fue manifestado para atraer a todos los hombres a sí. No vino para arrullar al mundo, sino para mostrarle la senda estrecha en que todos deben andar para llegar finalmente a las puertas de la ciudad de Dios. Sus hijos deben andar en sus pisadas; a pesar de cualquier sacrificio de la comodidad o satisfacción egoísta, o de cuánto cueste trabajos y sufrimiento, deben sostener una lucha constante con el yo (Obreros evangélicos, p. 141).
Muchos piensan que sería un gran privilegio visitar el escenario de la vida de Cristo en la tierra, andar donde él anduvo, mirar el lago en cuya orilla se deleitaba en enseñar y las colinas y valles en los cuales sus ojos con tanta frecuencia reposaron. Pero no necesitamos ir a Nazaret, Capernaum y Betania para andar en las pisadas de Jesús. Hallaremos sus huellas al lado del lecho del enfermo, en los tugurios de los pobres, en las atestadas callejuelas de la gran ciudad, y en todo lugar donde haya corazones humanos que necesiten consuelo. Al hacer como Jesús hizo cuando estaba en la tierra, andaremos en sus pisadas (El ministerio de la bondad, p. 122,123).
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