Notas de Elena | Miércoles 13 de septiembre 2017 | El fruto del Espíritu | Escuela Sabática

Miércoles 13 de septiembre: El fruto del Espíritu
“Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio propio… Y los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y deseos. Si vivimos por el Espíritu, avancemos también por el Espíritu. No nos hagamos vanagloriosos, provocándonos unos a otros, envidiándonos unos a otros” (Gálatas 5:22-26).
El enemigo procurará entremeterse aun en medio de vuestros ejercicios religiosos. Toda avenida necesita ser fielmente guardada para que el egoísmo y el orgullo no se entreveren en vuestra obra.
Si en verdad el yo ha sido crucificado, con sus afectos y concupiscencias, el fruto aparecerá en la forma de buenas obras para la gloria de Dios. Os ruego, en el temor de Dios, que no permitáis que vuestras obras se degeneren. Sed cristianos constantes y simétricos. Cuando los afectos del corazón han sido entregados a Cristo, las cosas viejas pasaron, y todas las cosas son hechas nuevas.
Nuestra religión debe ser inteligente. La sabiduría que viene de arriba debe fortalecemos, establecemos y afianzamos. Hemos de seguir caminando hacia adelante y hacia arriba, de una luz a otra luz mayor, y Dios todavía nos revelará su gloria como jamás lo hace para el mundo (Testimonios para la iglesia, t. 5, p. 611).
Cristo espera con un deseo anhelante la manifestación de sí mismo en su iglesia. Cuando el carácter de Cristo sea perfectamente reproducido en su pueblo, entonces vendrá él para reclamarlos como suyos.
Todo cristiano tiene la oportunidad no solo de esperar, sino de apresurar la venida de nuestro Señor Jesucristo (2 Pedro 3:12, V.M.). Si todos los que profesan el nombre de Cristo llevaran fruto para su gloria, cuán prontamente se sembraría en todo el mundo la semilla del evangelio. Rápidamente maduraría la gran cosecha final y Cristo vendría para recoger el precioso grano (Palabas de vida del gran Maestro, p. 47).
“Y ahora permanecen la fe, la esperanza y el amor, estos tres; pero el mayor de ellos es el amor” (1 Corintios 13:13). En la vida de Cristo, este amor encontró expresión perfecta. Él nos amó en nuestro pecado y degradación… No hubo desaliento en su paciencia ni menoscabo en su celo. Las ondas de la misericordia, rechazadas por el orgullo, la impenitencia, los corazones desagradecidos, siem-pre retomaron en una poderosa corriente de amor.
El que está constreñido por el amor de Cristo avanza entre sus semejantes para ayudar a los desamparados y alentar a los abatidos, para señalar a los pecadores el ideal que Dios tiene para sus hijos y para dirigirlos hacia él (En los lugares celestiales p. 236).

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