Martes 6 de enero: Protege a tus amistades
La práctica de conseguir dinero prestado para aliviar alguna necesidad urgente, sin hacer cálculos para cancelar la deuda, aunque es muy común, es desmoralizadora. El Señor desea que todos los que creen en la verdad se conviertan de estas prácticas engañosas. Deberían preferir antes sufrir necesidad que cometer un acto falto de honradez. Ningún alma puede recurrir a la prevaricación o la falta de honradez en el manejo de los bienes del Señor, y quedar sin culpa delante de Dios. Todos los que hacen esto niegan a Cristo en sus obras, mientras profesan guardar y enseñar los mandamientos de Dios. No mantienen los principios de la ley de Dios. Si los que ven la verdad no cambian en carácter en una medida correspondiente a la influencia santificadora de la verdad, serán un sabor de muerte para muerte. Representarán mal la verdad, acarrearán oprobio sobre ella y deshonrarán a Cristo quien es verdad (Consejos sobre mayordomía cristiana, p. 269).
Decídase a no incurrir nunca más en otra deuda. Niéguese mil cosas antes que endeudarse. Durante toda su vida usted se ha estado metiendo en deudas. Evítelo como evitaría la viruela.
Haga un pacto solemne con Dios prometiendo que mediante su bendición pagará sus deudas y luego a nadie deberá nada, aunque viva solamente de gachas y pan. Resulta muy fácil al preparar la mesa para la comida sacar de su cartera y gastar veinticinco centavos en cosas extras. Cuide los centavos y los pesos se cuidarán solos. Son los centavos aquí y los centavos allá gastados para esto, aquello, y lo de más allá, que pronto suman pesos. Niéguese a complacer el yo, por lo menos mientras está asediado por las deudas […]. No vacile, no se desanime ni se vuelva atrás. Niéguese a complacer su gusto, niéguese a satisfacer la complacencia del apetito, ahorre sus centavos y pague sus deudas. Elimínelas tan pronto como sea posible. Cuando nuevamente sea un hombre libre, no debiendo nada a nadie, habrá alcanzado una gran victoria (Consejos sobre mayordomía cristiana, p. 271).
Estamos relacionados los unos con los otros en la gran tela de la humanidad, y en todas nuestras relaciones mutuas debiéramos manifestar la actitud de Cristo. Cerrar los ojos frente a las necesidades de los que perecen, dejar que los pecadores sigan sin amonestar, y que debido a nuestra indiferencia y egoísmo se sientan tentados a decir: “Nadie se preocupa de mi alma”, equivale a deshonrar a Dios y acarrear baldón sobre su causa. Nuestra obra debe edificarnos en la santísima fe.
Si no existe una armonía perfecta entre nosotros, no debiéramos pensar que no tenemos la culpa de esa situación. Si los pensamientos y los sentimientos de los demás no recorren los mismos cauces que los nuestros, no debiéramos creer que ellos están equivocados y nosotros en lo cierto. Debiéramos mantener constantemente afinada la mente para responder a la oración de Cristo que aparece en Juan 17:21-23. Necesitamos saber en qué consiste el yugo que Cristo quiere que llevemos, y las responsabilidades que tenemos que asumir en este tiempo, y tratar constantemente de demostrar con bondad y amor a nuestro hermano que nos interesamos en él, y poner amor en nuestras acciones cotidianas. Este es el oro afinado en fuego: La fe y el amor. Si viéramos que alguien está en error en algún aspecto, no debiéramos pasar a su lado sin decirle nada, sino que debiéramos tratar de traerlo de las tinieblas a la luz. Debiéramos cuidar los intereses de los demás como de los propios. No valoramos el alma como debiéramos. Tendríamos que unirnos en una gran hermandad, y ubicamos donde podamos soportar las faltas de los otros con toda paciencia y humildad, tratando de compartir las cargas de los demás (Cada día con Dios, p. 274).

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