Martes 27 de enero: La esperanza del justo

Desde el principio, las almas fieles han constituido la iglesia en la tierra. En todo tiempo el Señor ha tenido sus atalayas, que han dado un testimonio fiel a la generación en la cual vivieron. Estos centinelas daban el mensaje de amonestación; y cuando eran llamados a deponer su armadura, otros continuaban la labor. Dios ligó consigo a estos testigos mediante un pacto, uniendo a la iglesia de la tierra con la iglesia del cielo. El ha enviado a sus ángeles para ministrar a su iglesia, y las puertas del infierno no han podido prevalecer contra su pueblo (Reflejemos a Jesús, p. 188). ¿Dedicó Pablo su tiempo precioso para hablar de sus aflicciones? No; desvió la atención de sí mismo a Jesús. No vivió para lograr su propia felicidad, y sin embargo fue feliz… “Sobreabundo de gozo en todas nuestras tribulaciones (2 Corintios 7:4). Y en los últimos días de su vida, teniendo en vista la muerte del martirio, exclamó con satisfac¬ción: “He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe” (2 Timoteo 4:7). Y fijando su vista en el futuro inmortal, el cual había sido el motivo grande e inspirador de toda su carrera, añadió, plenamente seguro de su fe: “Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día -y entonces este hombre que vivió para otros se olvida de sí mismo- y no solo a mí, sino también a todos los que aman su venida”. Pablo fue un ejemplo vivo de lo que cada cristiano debiera ser. Vivió para la gloria de Dios. Sus palabras nos llegan resonando a través del tiempo: “Para mi el vivir es Cristo” (Filipcnscs 1:21) (Nuestra elevada vocación, p. 365). “Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta, y espa¬cioso el camino que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por ella; porque estrecha es la puerta, y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan” (S. Mateo 7:13,14). Estos caminos son distintos, separados, y van en dirección opuesta. Uno conduce a la muerte eterna, y el otro a la vida eterna. Uno es ancho y suave y el otro es estrecho y áspero. La gente que viaja por ellos es opuesta en carácter, en vida, en vestido y en conversación. Los que van por el camino estrecho hablan de la felicidad que tendrán al final del viaje… No se visten como los del camino ancho, ni hablan como ellos, ni actúan como ellos. Han recibido un modelo, un Varón de dolores, experimentado en quebranto abrió ese camino para ellos y viajó por el. Sus seguidores ven sus pisadas y se consuelan y alegran. El lo recorrió a salvo, y ellos también pueden sentirse seguros, si van tras sus pasos.
En el camino ancho, todos están ocupados consigo mismos, con sus vestidos y placeres. Participan abundantemente de alegría y fiestas, y no piensan en el final del camino, en la ruina que aguarda al final de todo. Cada día se aproximan más a su destrucción y, sin embargo, se apresuran locamente más y más…
Los que desean realizar cualquier sacrificio por la vida eterna, la conseguirán. Y vale la pena sufrir por ella, vale la pena crucificar el yo por ella, y sacrificar los ídolos por ella (A fin de conocerle, p. 305.

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