Martes 23 de septiembre: ¿De qué manera vendrá Jesús?

Ningún lenguaje humano es capaz de describir las escenas relativas a la segunda venida del Hijo del hombre en las nubes de los cielos. Aparecerá con su propia gloria, y con la gloria de su Padre y la de sus santos ángeles. Vendrá cubierto con sus ropajes de luz, que ha tenido desde los días de la eternidad. Lo acompañarán los ángeles. Diez mil veces diez mil lo escoltarán en su venida. Se escuchará el sonido de la trompeta que llama a los muertos que duermen en sus tumbas. La voz de Cristo atravesará las tumbas y penetrará en los oídos de los muertos y “todos los que están en los sepulcros oirán su voz… y saldrán a resurrección” (Exaltad a Jesús, p. 367).
En el día de su advenimiento se oirá la última gran trompeta, y se producirá un terrible temblor que sacudirá la tierra y el cielo. La tierra entera, desde los montes más encumbrados hasta las minas más profundas, escuchará. El fuego lo penetrará todo. La atmósfera viciada será purificada por el fuego. Habiendo cumplido el fuego su misión, los muertos que han yacido en sus tumbas se levantarán; algunos, para resurrección de vida, serán tomados para encontrarse con el Señor en el aire; y otros, para que observen la venida de Aquel a quien despreciaron y al que ahora reconocen como Juez de toda la tierra.
Las llamas no tocan a ninguno de los justos. Pueden caminar por el fuego como Sadrac, Mesac y Abednego en medio del homo calentado siete veces más de lo que se acostumbraba hacerlo. Los héroes hebreos no pudieron ser consumidos porque la presencia del cuarto, el Hijo de Dios, estaba con ellos. Por consiguiente, en el día del Señor, el humo y las llamas no tendrán poder para dañar a los justos. Los que estén unidos al Señor escaparán ilesos. Terremotos, huracanes, fuego e inundaciones no pueden dañar a quienes están preparados para encontrarse con su Salvador en paz. Pero quienes lo rechazaron, azotaron y crucificaron se hallarán entre los que sean levantados de los muertos para contemplar su venida en las nubes de los cielos, asistido por la hueste celestial, diez mil veces diez mil y miles de miles…
Esta escena me fue presentada tan plenamente como podía soportar contemplarla (Alza tus ojos, p. 259).
En esta escena de la resurrección del Hijo de Dios se da una imagen viviente de la gloria que será revelada en la resurrección general de los justos, cuando Cristo aparezca por segunda vez en las nubes del cielo. Entonces los muertos que están en sus tumbas oirán su voz y saldrán a resurrección de vida; y no solo la tierra sino los cielos mismos serán sacudidos. Unas pocas tumbas se abrieron cuando resucitó Cristo, pero en su segunda venida todos los preciosos muertos, desde el justo Abel hasta el último santo que muera, serán despertados a la vida gloriosa e inmortal. Si los soldados que estaban cerca del sepulcro se llenaron de tanto terror ante la aparición de un ángel revestido de luz y fortaleza celestiales, hasta el punto de que cayeron como muertos, ¿cómo estarán sus enemigos ante el Hijo de Dios cuando venga con poder y gran gloria acompañado por miríadas de miríadas y millares de millares de ángeles procedentes de las cortes celestiales? Entonces la tierra temblará como un ebrio y será removida como una choza. Los elementos arderán y los cielos se enrollarán como un pergamino (Comentario bíblico adventista, tomo 5, p. 1085).
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