Notas de Elena | Martes 21 de noviembre 2017 | La Ley es Santa | Escuela Sabática

Martes 21 de noviembre: La Ley es santa
¿Qué sucedería s saliéramos a las calles, mancháramos nuestros vestidos con lodo, después volviéramos a casa, y contemplando nuestros vestidos sucios delante del espejo le dijéramos: “Límpiame de mi suciedad”? ¿Nos limpiaría de nuestra mancha? Esta no es la función del espejo. Todo lo que puede hacer es mostramos que nuestros vestidos están manchados; pero no puede quitamos las manchas.
Así también sucede con la ley de Dios. Indica los defectos de carácter; no condena como pecadores; pero no ofrece perdón al transgresor. No puede salvarlo de sus pecados. Pero Dios ha dispuesto algo. Dice Juan: “Si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo”. De modo que vamos a él y descubrimos el carácter de Jesús, y la rectitud de su carácter salva al transgresor si de nuestra parte hemos hecho todo lo que podíamos.
Y sin embargo entre tanto que salva al transgresor no suprime la ley de Dios, sino que la exalta. Exalta la ley porque ella es el detector del pecado. Y es la sangre purificadora de Cristo la que quita nuestros pecados cuando vamos a él con el alma contrita en busca de su perdón. Nos imparte su justicia. Pone la culpabilidad sobre sí mismo (Comentarios de Elena G. de White en Comentario bíblico adventista del séptimo día, t. 7, p. 947).
Como resultado de la desobediencia de Adán, cada ser humano es un transgresor de la ley, vendido al pecado. A menos que se arrepienta y convierta, está bajo las ataduras de la ley, sirviendo a Satanás, cayendo en los engaños del enemigo y llevando testimonio contra los preceptos de Jehová. Pero por la perfecta obediencia a los requerimientos de la ley, el hombre es justificado. Solamente mediante la fe en Cristo es posible una obediencia tal. Los hombres pueden comprender la espiritualidad de la ley, pueden reconocer su poder como revelador del pecado, pero son incapaces de hacer frente al poder y los engaños de Satanás a menos que acepten la expiación hecha para ellos en el sacrificio vicario de Cristo quien es nuestra expiación (En los lugares celestiales, p. 148).
El valor infinito del sacrificio requerido para nuestra redención pone de manifiesto que el pecado es un tremendo mal, que ha des-compuesto todo el organismo humano, pervertido la mente y corrompido la imaginación. El pecado ha degradado las facultades del alma. Las tentaciones del exterior hallan eco en el corazón, y los pies se dirigen imperceptiblemente hacia el mal.
Así como el sacrificio en beneficio nuestro fue completo, también debe ser completa nuestra restauración de la corrupción del pecado. La ley de Dios no disculpará ningún acto de perversidad; ninguna injusticia escapará a su condenación. El sistema moral del evangelio no reconoce otro ideal que el de la perfección del carácter divino. La vida de Cristo fue el perfecto cumplimiento de todo precepto de la ley. Él dijo: “He guardado los mandamientos de mi Padre”. Su vida es para nosotros un ejemplo de obediencia y servicio. Solo Dios puede renovar el corazón (El ministerio de curación, p. 357).

Compartir

Recomendado

Comentarios de Facebook

Comentarios

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

*