Martes 20 de enero: Regocijo en la creación
Cristo compara el amor de un padre por sus hijos, al proveerles todas sus necesidades, con el amor del Padre celestial. Quiere que sus seguidores comprendan su verdadera relación con Dios: que son sus hijos por creación y por redención; que su relación con él es más grande que la que tiene un hijo con sus padres terrenales, porque “de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna”. Si los padres terrenales saben cómo dar buenas dádivas a sus hijos, cuánto más nuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que le piden.
En sus enseñanzas, Cristo presentó la relación que debiera existir entre los seres humanos con Dios, y entre ellos mismos. No nos deja a oscuras en cuanto a quién es la Fuente de nuestra fuerza. Nos indica la oración como el refugio para nuestra perplejidades y desánimo. Nos dice: “Por tanto, os digo que todo lo que pidiereis orando, creed que lo recibiréis, y os vendrá” (S. Marcos 11:24). El alma necesitada recibirá gracia si la pide con una fe confiada, simple, como la de un niño, y lo hace a través de Jesús su Salvador. Cristo comprende las necesidades de la humanidad y no será indiferente a quien desea su amor y su presencia. Está esperando para impartir los brillantes rayos de su justicia. Para eso vino a este mundo: para llamar a los pecadores al arrepentimiento. No obstante, él espera nuestro consentimiento para liberarnos de la esclavitud satánica. Dice: “Al que a mí viene, no le echo fuera” (S. Juan 6:37), (Signs of the Times, 14 de enero de 1897).
La santa pareja vivía muy dichosa en el Edén. Tenía dominio ilimitado sobre todos los seres vivientes. El león y el cordero jugueteaban pacífica e inofensivamente a su alrededor, o se tendían a dormitar a sus pies. Aves de todo color y plumaje revoloteaban entre los árboles y las flores, y en torno de Adán y Eva, mientras sus melodiosos cantos resonaban entre los árboles en dulce acuerdo con las alabanzas tributadas a su Creador.
Adán y Eva estaban encantados con las bellezas de su hogar edénico. Se deleitaban con los pequeños cantores que los rodeaban revestidos de brillante y primoroso plumaje, que gorjeaban su melodía alegre y feliz. La santa pareja unía sus voces a las de ellos en armoniosos cantos de amor, alabanza y adoración al Padre y a su Hijo amado, por las muestras de amor que la rodeaban. Reconocían el orden y la armonía de la creación que hablaban de un conocimiento y una sabiduría infinitos. Continuamente descubrían en su edénica morada alguna nueva belleza, alguna gloria adicional, que henchía sus corazones de un amor más profundo, y arrancaba de sus labios expresiones de gratitud y reverencia a su Creador (La historia cíe la redención, p. 22, 23).

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