Martes 16 de septiembre: La resurrección y el Juicio

A consecuencia del pecado de Adán, la muerte pasó a toda la raza humana. Todos descienden igualmente a la tumba. Y debido a las disposiciones del plan de salvación, todos saldrán de los sepulcros. “Ha de haber resurrección de los muertos, así de justos como de injustos” (Hechos 24:15) “Porque así como en Adán todos mueren, así también en Cristo todos serán vivificados” (1 Corintios 15:22). Pero queda sentada una distinción entre las dos clases que serán resucitadas. “Todos los que están en los sepulcros oirán su voz [del Hijo del hombre]; y los que hicieron bien, saldrán a resurrección de vida; mas los que hicieron mal a resurrección de condenación” (Juan 5:28, 29). Los que hayan sido “tenidos por dignos” de resucitar para la vida son llamados “dichosos y santos”. “Sobre los tales la segunda muerte no tiene poder” (Apocalipsis 20:6, V.M.). Pero los que no hayan asegurado para si el perdón, por medio del arrepentimiento y de la fe, recibirán el castigo señalado a la transgresión: “la paga del pecado”. Sufrirán un castigo de duración e intensidad diversas “según sus obras”, pero que terminará finalmente en la segunda muerte. Como, en conformidad con su justicia y con su misericordia, Dios no puede salvar al pecador en sus pecados, le priva de la existencia misma que sus transgresiones tenían ya comprometida y de la que se ha mostrado indigno. Un escritor inspirado dice: “Pues de aquí a poco no será el malo: y contemplarás sobre su lugar, y no parecerá”. Y otro dice: “Serán como si no hubieran sido” (Salmo 37:10; Abdías 16). Cubiertos de infamia, caerán en irreparable y eterno olvido (El conflicto de los siglos, pp. 599, 600). “Pero alguno dirá: Tú tienes fe, y yo tengo obras; muéstrame tu fe sin tus obras, y yo te mostraré mi fe por mis obras” (Santiago 2:18). La parte que le corresponde cumplir al hombre en la salvación del alma es creer en Jesucristo como el perfecto Redentor y creerlo no por el testimonio de algún otro hombre, sino por sí mismo. Cristo imputa su perfección y justicia al pecador creyente que no continúa en el pecado, sino que se aparta de la transgresión para obedecer los mandamientos.
Mientras Dios puede ser justo y al mismo tiempo justificar al pecador por los méritos de Cristo, ningún hombre puede cubrir su alma con el manto de la justicia de Cristo mientras practique pecados conocidos o descuide deberes conocidos.
El apóstol Santiago vio los peligros que implicaría la presentación del tema de la justificación por la fe, y se esforzó por demostrar que la fe genuina no puede existir sin las obras correspondientes. Presenta el ejemplo de Abrahán. Dice: “¿No ves que la fe obró con sus obras, y que la fe fue perfecta por las obras?” Una fe genuina produce obras genuinas en el creyente. La fe y la obediencia obran una sólida y valiosa experiencia.
La fe que no obra por el amor y no purifica el alma, no justificará a ningún hombre… Necesitamos la fe de Abrahán para iluminar las tinieblas que nos rodean y que impiden que resplandezca la luz del amor de Dios y el crecimiento espiritual. Nuestra fe debe ser prolífica en buenas obras, porque la fe sin obras es muerta (La fe por la cual vivo, p. 117).
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