Notas de Elena | Martes 16 de enero 2018 | Cristo, el Redentor | Escuela Sabática

Martes 16 de enero: Cristo, el Redentor

Tan grande es el poder engañoso de Satanás que muchos han sido inducidos a considerar que el sacrificio de Cristo no tiene real valor. Cristo murió porque no había ninguna otra esperanza para el transgresor. Este puede tratar de guardar la ley de Dios en el futuro; pero la deuda en la que ha incurrido en el pasado permanece, y la ley debe condenarlo a muerte. Cristo vino a pagar esa deuda por el pecador, la cual era imposible que éste pagara por sí mismo…

Jesús, nuestro Sustituto, aceptó cargar por el hombre con la penalidad de la ley transgredida. Cubrió su divinidad con humanidad y de ese modo llegó a ser el Hijo del Hombre, un Salvador y Redentor (Fe y obras, p. 29).

Cuando nos acerquemos al Señor Jesús y nos regocijemos en la plenitud de su amor, nuestras dudas y tinieblas desaparecerán ante la luz de su presencia.

El apóstol Pablo dice que Dios “nos ha libertado de la potestad de las tinieblas, y nos ha trasladado al reino del Hijo de su amor”. (Colosenses 1:13). Y todo aquel que ha pasado de muerte a vida “ha puesto su sello a esto, que Dios es veraz”. (Juan 3:33). Puede testificar: “Necesitaba auxilio y lo he encontrado en el Señor Jesús. Fueron suplidas todas mis necesidades; fue satisfecha el hambre de mi alma; y ahora la Escritura es para mí la revelación de Jesucristo. ¿Me preguntáis por qué creo en El? Porque es para mí un Salvador divino. ¿Por qué creo en la Biblia? Porque he comprobado que es la voz de Dios para mi alma”. Podemos tener en nosotros mismos el testimonio de que la Escritura es verdadera y de que Cristo es el Hijo de Dios. Sabemos que no estamos “siguiendo fábulas por arte compuestas” (2 Pedro 1:16) (El camino a Cristo, p. 112).

Cuando Job oyó la voz del Señor de entre el torbellino, exclamó: “Me aborrezco, y me arrepiento en el polvo y la ceniza”. Job 42:6.

Cuando Isaías contempló la gloria del Señor, y oyó a los querubines que clamaban: “¡Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos!” dijo abrumado: “¡Ay de mí, que soy muerto!” Isaías 6:3, 5 (RV95). Después de haber sido arrebatado hasta el tercer cielo y haber oído cosas que no le es dado al hombre expresar, San Pablo habló de sí mismo como del “más pequeño de todos los santos”. 2 Corintios 12:2-4; Efesios 3:8. Y el amado Juan, el que había descansado en el pecho de Jesús y contemplado su gloria, fue el que cayó como muerto a los pies del ángel. Apocalipsis 1:17.

No puede haber glorificación de sí mismo, ni arrogantes pretensiones de estar libre de pecado, por parte de aquellos que andan a la sombra de la cruz del Calvario. Harta cuenta se dan de que fueron sus pecados los que causaron la agonía del Hijo de Dios y destrozaron su corazón; y este pensamiento les inspira profunda humildad. Los que viven más cerca de Jesús son también los que mejor ven la fragilidad y culpabilidad de la humanidad, y su sola esperanza se cifra en los méritos de un Salvador crucificado y resucitado (El conflicto de los siglos, p. 464).

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