Lunes 9 de febrero: ¡Sé justo!

Dios no nos trata como los hombres se tratan entre si. Sus pensa¬mientos son pensamientos de misericordia, de amor y de la más tierna compasión. El dice: “¡Deje el malo su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos, y vuélvase a Jehová, el cual tendrá compasión de el, y a nuestro Dios, porque es grande en perdonar!” “He borrado, como nublado, tus transgresiones, y como una nube tus pecados” (Isaías 55:7; 44:22) (El camino a Cristo, p. 53). El amor divino dirige sus más conmovedores llamamientos al cora¬zón cuando nos pide que manifestemos la misma tierna compasión que Cristo mostró. Solamente el hombre que tiene un amor desinteresado por su hermano, ama verdaderamente a Dios. El verdadero cristiano no permitirá voluntariamente que un alma en peligro y necesidad camine desprevenida y desamparada. No podrá mantenerse apartado del que yerra, dejando que se hunda en la tristeza y desánimo, o que caiga en el campo de batalla de Satanás. Los que nunca experimentaron el tierno y persuasivo amor de Cristo, no pueden guiar a otros a la fuente de la vida. Su amor en el corazón es un poder competente, que induce a los hombres a revelarlo en su conversación, por un espíritu tierno y compasivo, y en la eleva¬ción de las vidas de aquellos con quienes se asocian (Los hechos de los apóstoles, p. 439). Tal como el arco iris se forma en las nubes por la unión de los rayos del sol y las gotas de lluvia, el arco iris que rodea el trono representa el poder combinado de la misericordia y la justicia. No solo hay que afirmar la justicia, porque eclipsaría la gloria del arco iris de la promesa que está sobre el trono; los hombres solo verían la condenación de la ley. Si no hubiera justicia ni sanción, el gobierno de Dios carecería de estabilidad. La unión de la justicia y la misericordia perfecciona la salvación… La misericordia nos invita a entrar en la ciudad de Dios a través de sus puertas, y la justicia se complace en otorgar a toda alma obediente los privilegios plenos que le corresponden como miembro de la familia real e hijo del Rey del cielo. Si tuviéramos defectos de carácter, no podríamos franquear las puertas que la misericordia ha abierto para los obedientes; porque la justicia está en pie junto a la entrada y requiere santidad de todos los que quieran ver a Dios (¡Maranata: El Señor viene!, p. 324). No deberíamos estimular nada más en su caso, pero si hacer lo mejor dentro de nuestras posibilidades para salvar su alma de la muerte y cubrir una multitud de pecados. A veces me siento muy perpleja, y casi he llegado a la conclusión de que, cuando me presenten casos de error o pecado grave no diré nada a mis hermanos administradores si ellos no han llegado a saber del asunto, sino que trabajaré por el errante. Lo animaré para que confie en la misericordia de Dios y se aferre a los méritos del Salvador crucificado y resucitado, para que mire al Cordero de Dios en una actitud de arrepentimiento y contrición, y para que viva con la fuerza que procede de él. “Venid luego, dice Jehová, y estemos a cuenta: si vuestros pecados fueran como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana” (Isaías 1:18). No existe una combinación de elementos de carácter que pueda conducir a la misericordia, al amor de Dios y a una preciosa armonía. May demasiada conversación, demasiadas palabras fuertes y demasia¬dos sentimientos duros con los cuales nada tiene que ver el Señor, y esos sentimientos influyen sobre nuestros buenos hermanos. Me siento compelida a tratar el pecado con franqueza y a censu¬rarlo. Llevo esa carga sobre mi corazón, puesta allí por el Espíritu de Cristo, para trabajar con fe, tierna simpatía y compasión por los erran¬tes. No los abandonaré; no los dejaré para que sean burla a causa de las tentaciones de Satanás. No quisiera hacer el papel del adversario de las almas, como fue representado por Josué y el ángel. Las almas costaron el precio de la sangre de mi Redentor (Testimonios acerca de conducta sexual, adulterio y divorcio, pp. 269, 270).

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