Lunes 4 de agosto: La nueva vida en Cristo
La gran verdad de la conversión del corazón por el Espíritu Santo es presentada en las palabras de Cristo a Nicodemo: “De cierto, de cierto te digo que el que no naciere de nuevo [o de lo alto], no puede ver el reino de Dios […]. Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es” (S. Juan 3:3-6).
Es por la renovación del corazón como la gracia de Dios obra para transformar la vida. Ningún cambio externo es suficiente para ponernos en armonía con Dios. Hay muchos que tratan de reformarse corrigiendo este mal hábito o aquel mal hábito y esperan hacerse cristianos en esa forma, pero están comenzando en el lugar equivocado. Nuestra primera obra debemos realizarla dentro del corazón […].
La levadura de la verdad obra secreta, silenciosa y continuamente para transformar el alma. Las inclinaciones naturales son suavizadas y subyugadas. Son implantados nuevos pensamientos, nuevos sentimientos y nuevos motivos. Se establece una nueva norma de carácter: la vida de Cristo. La mente se cambia; las facultades se despiertan para actuar en nuevas líneas. El hombre no es dotado con nuevas facultades sino que las facultades son santificadas. La conciencia se despierta.
Las Escrituras son el gran instrumento en esta transformación del carácter. Cristo oró. “Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad” (S. Juan 17:17). Si es estudiada y obedecida, la Palabra de Dios actúa en el corazón subyugando todo atributo no santificado.
El Espíritu Santo acude para convencer de pecado, y la fe que surge en el corazón obra por el amor a Cristo conformándonos, cuerpo, alma y espíritu, a su voluntad.
Un hombre ve su peligro. Comprende que necesita un cambio de carácter, un cambio de corazón. Es conmovido; sus temores despiertan. El Espíritu de Dios está obrando en él, y él trabaja por sí mismo con temor y temblor […]. para llevar a cabo el cambio que su vida necesita […]. Confiesa sus pecados a Dios, y si ha perjudicado a alguien, confiesa el daño a aquel que ha perjudicado […]. Procede en armonía con la obra del Espíritu y su conversión es genuina (En lugares celestiales, p. 21).

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