Notas de Elena | Lunes 28 de agosto 2017 | El pacto con Abraham | Escuela Sabática

Lunes 28 de agosto: El pacto con Abraham
[El] pacto le fue renovado a Abraham en la promesa: “En tu simiente serán benditas todas las gentes de la tierra” (Génesis 22:18). Esta promesa dirigía los pensamientos hacia Cristo. Así la entendió Abraham (Véase Gálatas 3:8, 16), y confió en Cristo para obtener el perdón de sus pecados. Fue esta fe la que se le contó como justicia. El pacto con Abraham también mantuvo la autoridad de la ley de Dios. El Señor se le apareció y le dijo: “Yo soy el Dios Todopoderoso; anda delante de mí, y sé perfecto”. El testimonio de Dios res-pecto a su siervo fiel fue: “Oyó Abraham mi voz, y guardó mi precepto, mis mandamientos, mis estatutos y mis leyes,” y el Señor le declaró: “Estableceré mi pacto entre mí y ti, y tu simiente después de ti en sus generaciones, por alianza perpetua, para serte a ti por Dios, y a tu simiente después de ti” (Génesis 17:1, 7; 26:5).
Aunque este pacto fue hecho con Adán, y más tarde se le renovó a Abraham, no pudo ratificarse sino hasta la muerte de Cristo. Existió en virtud de la promesa de Dios desde que se indicó por primera vez la posibilidad de redención. Fue aceptado por fe: no obstante, cuando Cristo lo ratificó fue llamado el pacto nuevo. La ley de Dios fue la base de este pacto, que era sencillamente un arreglo para restituir al hombre a la armonía con la voluntad divina, colocándolo en situación de poder obedecer la ley de Dios (Patriarcas y profetas, p. 387).
Si Abraham y Sara hubieran esperado con fe inconmovible el cumplimiento de la promesa de que tendrían un hijo, se habrían evitado muchos sinsabores. Creían que las cosas sucederían como Dios las había prometido, pero no podían creer que Sara, a su edad, pudiera tener un hijo. Ella sugirió un plan por medio del cual creía que se podría cumplir la promesa de Dios. Suplicó al patriarca que tomara a Agar por esposa. En esto ambos manifestaron falta de fe y perfecta confianza en el poder divino. Al escuchar la voz de Sara y al tomar a Agar como esposa, Abraham no soportó la prueba de su fe en el ilimitado poder de Dios, y acarreó mucha infelicidad sobre Sara y sobre sí mismo. El Señor quería probar la firmeza de la fe y la confianza del patriarca en sus promesas (La historia de la redención, p. 79).
¿Por qué tenemos una fe tan débil?… Tenemos tan poca fe, somos tan incrédulos, que el Señor no puede hacer por nosotros lo que desea realizar. Nuestra mente alberga dudas muy tristes y difíciles de disipar…
Examinémoslas a la luz de la Palabra de Dios; luego hablemos de ellas con Jesús teniendo en la mano sus promesas, y oremos para que las quite. Digámosle al Señor: “Creo; ayuda mi incredulidad” (Marcos 9:24). No coloquemos ninguna duda en una silla conforta-ble y cómoda. Es un huésped peligroso cuando se le permite arraigarse en la mente y contrarrestar la fe (A fin de conocerle, p. 226).

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