Lunes 22 de diciembre: El evangelio encamado
Los que no conocen a Dios no pueden hallarlo mediante su sabiduría ni su ciencia. Cristo no trata de demostrar el gran misterio, sino que revela un amor inconmensurable. No hace del poder y la grandeza de Dios el tema principal de sus discursos. Con la mayor frecuencia habla de él como Padre nuestro […]. Desea que nuestra mente, debilitada por el pecado, sea animada a que capte la idea de que Dios es amor. Desea alentarnos con su confianza […]. El padre del hijo pródigo es el modelo que Cristo elige como una representación de Dios. Ese padre anhela ver y recibir una vez más al hijo que lo ha abandonado. Lo espera y vela por él, ansiando verlo, esperando que venga. Cuando ve que se acerca un extraño, pobre y vestido con harapos, sale a recibirlo, por si fuera su hijo. Y lo alimenta y viste como si fuera realmente su hijo. Más tarde recibe su recompensa, pues su hijo vuelve al hogar y en sus labios lleva la confesión suplicante: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti, y ya no soy digno de ser llamado tu hijo”. Y el padre dice a los siervos: “Sacad el mejor vestido, y vestidle; y poned un anillo en su mano, y calzado en sus pies. Y traed el becerro gordo y matadlo, y comamos y hagamos fiesta” (S. Lucas 15:21-23).
No hay reprimendas ni se hacen cuentas con el prodigo por su mal proceder. El hijo siente que el pasado está perdonado y olvidado, raído para siempre. Y así Dios dice al pecador: “Yo deshice como una nube tus rebeliones, y como niebla tus pecados” (Isaías 44:22). “Perdonaré la maldad de ellos, y no me acordaré más de su pecado” (Jeremías 31:34) (En lugares celestiales, p. 10).
El publicano había ido al templo con otros adoradores, pero pronto se apartó de ellos, sintiéndose indigno de unirse en sus devociones. Estando en pie lejos, “no quería ni aun alzar los ojos al cielo, sino que hería su pecho” con amarga angustia y aborrecimiento propio. Sentía que había obrado contra Dios; que eia pecador y sucio. No podía esperar misericordia, ni aun de los que lo rodeaban, porque lo miraban con desprecio. Sabía que no tenía ningún mérito que lo recomendara a Dios, y con una total desesperación clamaba: “Dios, sé propicio a mí pecador”. No se comparaba con los otros. Abrumado por un sentimiento de culpa, estaba como si fuera solo en la presencia de Dios. Su único deseo era el perdón y la paz, su único argumento era la misericordia de Dios. Y fue bendecido. “Os digo —dice Cristo que éste descendió a su casa justificado antes que el otro” (Palabras de vida del gran Maestro, p. 117).
El pobre publicano que oraba diciendo: “¡Dios, ten misericordia de mí, pecador!” (S. Lucas 18:13) se consideraba a sí mismo como un hombre muy malvado y así lo consideraban los demás, pero él sentía su necesidad, y con su carga de pecado y vergüenza vino delante de Dios implorando su misericordia., Su corazón estaba abierto para que el Espíritu de Dios hiciese en él su obra de gracia y lo libertase del poder del pecado (El camino a Cristo, p. 29).

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