Lunes 12 de mayo: La ley y la gracia
Dios exige en la actualidad exactamente lo que exigió a la santa pareja en el Edén: obediencia perfecta a sus requerimientos. Su ley permanece inmutable en todas las edades. La gran norma de justicia presentada en el Antiguo Testamento no es rebajada en el Nuevo. No es la función del evangelio debilitar las demandas de la santa Ley de Dios, sino elevar a los hombres para que puedan guardar sus preceptos.
La fe en Cristo que salva al alma no es lo que muchos presentan.
“Cree, cree es su pregón; solo cree en Cristo, y serás salvo.
Es lo único que necesitas hacer”. La fe verdadera, a la vez que confía enteramente en Cristo para la salvación, conducirá a la perfecta conformidad con la Ley de Dios. La fe se manifiesta en obras. Y el apóstol Juan declara: “El que dice: Yo le conozco, y no guarda sus mandamientos, el tal es mentiroso, y la verdad no está en él” (1 Juan 2: 4) (Fe y obras, p. 52).
Es sofistería de Satanás la idea de que la muerte de Cristo introdujo la gracia para ocupar el lugar de la ley. La muerte de Jesús no modificó ni anuló ni menoscabó en el menor grado la ley de los Diez Mandamientos. Esa preciosa gracia ofrecida a los hombres por medio de la sangre del Salvador, establece la ley de Dios. Desde la caída del hombre, el gobierno moral de Dios y su gracia son inseparables. Ambos van de la mano a través de todas las dispensaciones. “La misericordia y la verdad se encontraron; la justicia y la paz se besaron” (Salmo 85:10).
Jesús, nuestro Sustituto, aceptó cargar por el hombre con la penalidad de la ley transgredida. Cubrió su divinidad con humanidad y de ese modo llegó a ser el Hijo del Hombre, un Salvador y Redentor. El hecho mismo de la muerte del amado Hijo de Dios a fin de redimir al hombre, muestra la inmutabilidad de la Ley divina. ¡Cuán fácilmente, desde el punto de vista del transgresor, Dios podría haber abolido su ley, proveyendo así una vía por la cual los hombres pudieran salvarse y Cristo permanecer en el cielo! La doctrina que enseña libertad, mediante la gracia, para quebrantar la ley, es un engaño fatal. Todo transgresor de la Ley de Dios es un pecador, y nadie puede ser santificado mientras vive conscientemente en pecado.
La condescendencia y la agonía del amado Hijo de Dios no fueron soportadas para concederle al hombre libertad para transgredir la Ley del Padre y no obstante sentarse con Cristo en su trono. Fueron para que mediante los méritos de Jesús, y el ejercicio del arrepentimiento y la fe, hasta el pecador más culpable pudiera recibir perdón y obtener fortaleza para vivir una vida de obediencia. El pecador no es salvado en sus pecados, sino de sus pecados.
El alma debe primeramente ser convencida de pecado antes que el pecador sienta el deseo de acudir a Cristo. “El pecado es infracción de la ley” (1 Juan 3:4). “Yo no conocí el pecado sino por la ley” (Romanos 7:7). Cuando el mandamiento penetró en la conciencia de Saulo, el pecado revivió y él murió. Se vio condenado por la ley de Dios. El pecador no puede ser convencido de su culpabilidad a menos que entienda qué constituye el pecado. Es imposible para el individuo experimentar la santificación bíblica mientras sostenga que si cree en Cristo da lo mismo que obedezca la Ley de Dios o que la desobedezca (Fe y obras, p. 29, 30).

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Notas de Elena Segundo trimestre 2014 Escuela Sabática

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