Lunes 11 de agosto: Ama a tu prójimo
El samaritano cumplió su deber hacia su prójimo, mientras que el sacerdote y el levita, en cuyo corazón reinaba el egoísmo, probaron estar faltos de misericordia y compasión. El yo es un tirano, y mientras su poder rige la vida, no podemos hacer a otros lo que quisiéramos que nos hagan a nosotros. Para cumplir la regla de oro la vida debe ser transformada y la naturaleza humana debe participar de la divina […].
La parábola del buen samaritano señala la verdadera obra misionera que el pueblo de Dios debe realizar. Nadie está excusado de descuidar su deber hacia sus prójimos, porque esta obra es el cumplimiento de la ley que requiere amar a Dios sobre todas las cosas y a nuestros prójimos como a nosotros mismos.
Lo que es de valor ante Dios no son las palabras elocuentes ni la profesión de piedad y santidad, sino las obras de justicia que revelan un carácter como el de Cristo. Obedecer la ley significa ser rápidos para ver las necesidades de nuestros prójimos, y rápidos para ayudarlos sin detenernos a preguntar si ellos creen en las mismas doctrinas que nosotros. Obedecer la ley significa ser la mano ayudadora de Dios para aliviar las necesidades de la sufriente humanidad sin importar las creencias religiosas de los que están en necesidad. Los que hacen esta obra son leales a la verdad de Dios y están viviendo el evangelio.
El Señor toma nota de cada acto de compasión y misericordia mostrado hacia el prójimo, y los escribe en su Libro de memorias:
“Y serán para mí especial tesoro, ha dicho Jehová de los ejércitos, en el día en que yo actúe; y los perdonaré, como el hombre que perdona a su hijo que le sirve” (Malaquías 3:17).
El Salvador dedicó más tiempo y trabajos a sanar a los afligidos por enfermedades que a predicar. Su última orden a sus apóstoles, representantes suyos en la tierra, era que impusieran las manos a los enfermos para que sanasen. Cuando venga el Maestro, elogiará a aquellos que hayan visitado a los enfermos y aliviado las necesidades de los afligidos: “Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis; estuve desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí… De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis” (S. Mateo 25:35, 40) (Review and Herald, 9 de abril de 1908).
“A tu prójimo como a ti mismo”. Surge la pregunta: “¿Quién es mi prójimo?” Su respuesta es la parábola del buen samaritano, la cual nos enseña que cualquier ser humano que necesita nuestra simpatía y nuestros buenos servicios, es nuestro prójimo. Los dolientes e indigentes de todas clases son nuestros prójimos; y cuando llegamos a conocer sus necesidades, es nuestro deber aliviarlas en cuanto sea posible. En esta parábola se saca a luz un principio que todos los que siguen a Cristo debieran adoptar.
Suplid primero las necesidades temporales de los menesterosos, aliviad sus menesteres y sufrimientos físicos, y luego hallaréis abierta la puerta del corazón, donde podréis implantar las buenas semillas de virtud y religión (Testimonios selectos, t. 3, p. 269).

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